Añorando El Cielo, Extracto de 50 Días del Cielo (Homesick for Heaven, Excerpt from 50 Days of Heaven)

Según su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habite la justicia. — 2 Pedro 3:13

Cuando escuché que estaba en el lugar incorrecto . . . mi alma cantó de gozo, como un ave en la primavera. Ahora supe . . . porqué podía sentir añoranza en mi hogar.1 — G. K. Chesterton

Recuerda un tiempo cuando estaba lejos de su hogar terrenal y lo extrañaba mucho? Tal vez fue cuando asistió a la universidad, estuvo en las fuerzas armadas, viajaba extensamente en el extranjero o debió mudarse debido a un trabajo. ¿Recuerda cómo le dolía el corazón cuando pensaba en su hogar? Así es como nos deberíamos sentir en cuanto al Cielo. Somos refugiados que anhelamos nuestro hogar. C. S. Lewis dijo: “Si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que yo he sido hecho para otro mundo.”2

Nada es mal diagnosticado con más frecuencia que nuestra nostalgia por el Cielo. Pensamos que lo que queremos son las relaciones sexuales, las drogas, el alcohol, un nuevo trabajo, un aumento de sueldo, obtener un doctorado, un cónyuge, un televisor de pantalla grande, un automóvil nuevo, una cabaña en un bosque, un apartamento en Hawai. Lo que en realidad queremos es a la persona para la cual fuimos hechos, Jesús, y el lugar para el cual fuimos hechos, el Cielo. Ninguna otra cosa puede satisfacernos.

Me gusta la figura de G. K. Chesterton de sentirse nostálgico en el hogar. Podemos decir: “El Cielo será nuestro hogar eterno,” o “La Tierra será nuestro hogar eterno,” pero no deberíamos decir: “El Cielo, y no la Tierra, será nuestro hogar eterno,” porque el Cielo en el cual viviremos permanentemente estará en la Nueva Tierra.

Hace años, un creyente que conocí por casualidad me dijo que lo perturbaba el hecho de que no anhelaba el Cielo. En cambio, anhelaba una Tierra que fuera como Dios tuvo el propósito de que fuera. Él no deseaba un Cielo en un lugar afuera por allí, sino una Tierra debajo de sus pies, en la cual Dios fuera glorificado, y él pudiera tener compañerismo con Dios y servirlo para siempre. Él se sentía culpable y falto de espiritualidad por ese deseo.

En aquel entonces, mis ojos no habían sido abiertos a la promesa de la Biblia de la Nueva Tierra. Si yo pudiera hablar con ese hombre de nuevo (espero que lea esto), le diría lo que debí haberle dicho la primera vez, que su anhelo era bíblico y correcto. De hecho, el lugar exacto que él siempre ha anhelado, una Tierra donde Dios sea completamente glorificado, es el lugar donde vivirá para siempre.

La encarnación de Cristo trajo el Cielo a la Tierra. La Nueva Tierra venidera será el lugar permanente de morada de Dios, tan pura y santa como el Cielo siempre ha sido. Por lo tanto, no puede ser inapropiado pensar en el Cielo en términos terrenales, porque son las Escrituras mismas las que nos demandan que lo hagamos. Paul Marshall escribe: “Lo que necesitamos no es ser rescatados del mundo, ni dejar de ser humanos, ni dejar de cuidar al mundo, ni dejar de darle forma a la cultura humana. Lo que necesitamos es el poder para hacer estas cosas de acuerdo a la voluntad de Dios. Nosotros, al igual que el resto de la creación, necesitamos ser redimidos.”3

Decirle: “Este mundo no es su hogar” a una persona que está totalmente viva y alerta a las maravillas de este mundo es como tirar un balde de agua a unas brasas encendidas. Deberíamos soplar aire sobre esa llama para ayudarla a esparcirse, no buscar apagarla. De otra forma, difamamos el instinto que nos dio Dios de amar el hogar terrenal que él ha hecho para nosotros. Y reducimos la “espiritualidad” a una negación del arte, la cultura, la ciencia, los deportes, la educación y todo lo demás que es humano.

Cuando hacemos esto, le damos entrada a la hipocresía, porque podemos fingir despreciar al mundo cuando estamos sentados en la iglesia, pero cuando entramos a nuestro automóvil, colocamos nuestra música favorita, vamos a nuestro hogar para disfrutar de un asado con los amigos, miramos un partido de béisbol, jugamos golf, andamos en bicicleta, trabajamos en el jardín, o nos sentamos cómodamente a saborear una taza de café y leemos un buen libro. Hacemos estas cosas no porque somos pecadores sino porque somos personas. Todavía seremos personas cuando muramos y vayamos al Cielo. Esta no es una realidad decepcionante —es el plan de Dios. Él nos hizo como somos, excepto la parte del pecado, la cual no tiene nada que ver con los amigos, con comer, los deportes, trabajar en el jardín o leer.

Al igual que usted, yo estoy cansado del pecado, del sufrimiento, del crimen y de la mayor parte de lo que dicen en las noticias de la tarde. Estoy cansado de vivir conmigo mismo como soy ahora. Pero me encantan las altas cataratas cuya agua cae ruidosamente sobre las rocas. Me encanta la grandeza del firmamento nocturno sobre el desierto. Me encanta jugar al tenis, andar en bicicleta y bucear en aguas cristalinas, porque soy la persona física que Dios hizo. Me encanta la intimidad de estar sentado junto a Nanci en el sofá frente a la chimenea, tapados con una frazada y el perro acurrucado a nuestro lado.

Estas experiencias no son el Cielo, pero son pequeños vistazos o anticipos del Cielo. Lo que amamos de esta vida son las cosas que tienen resonancia con la vida para la cual nos hizo Dios. Las cosas que amamos no son meramente lo mejor que esta vida tiene que ofrecer, son avances, anticipos de una vida venidera mucho mejor.

¿Siente alguna vez añoranza por el Cielo?

Gracias, Padre, por esta Tierra tan maravillosa. Recuérdanos que el diablo no fue el que hizo la Tierra, para burlarse u oponerse a ti. Tú fuiste quien hizo la Tierra para que te glorificara. Gracias por hacernos seres físicos, conectados a la Tierra. Te damos gracias porque nuestro destino es vivir en una Tierra renovada, libre de pecado y de todo mal. Gracias porque las maravillas de la creación que declaran tu gloria no desaparecerán, sino que estarán de nuevo en la Nueva Tierra como testimonios más grandes de tu gloria de lo que podemos imaginar ahora.


Extracto de 50 Días del Cielo by Randy Alcorn, Día 23.


Notas
1 G. K. Chesterton, Orthodoxy (Chicago: Thomas More Association, 1985), 99-100. Publicado en español en 1998 como Ortodoxia por Editorial Porriúa.
2 Lewis, Mere Christianity, 120.
3 Marshall, Heaven Is Not My Home, 32–33.



Homesick for Heaven

In keeping with his promise we are looking forward to a new heaven and a new earth, the home of righteousness. — 2 Peter 3:13

When I heard that I was in the wrong place . . . my soul sang for joy, like a bird in spring. I knew now . . . why I could feel homesick at home.4 — G. K. Chesterton

Do you recall a time when you were away from home and desperately missed it? Maybe it was when you were at college or in the military, were traveling extensively overseas, or needed to move because of a job. Do you remember how your heart ached for home? That’s how we should feel about Heaven. We are a displaced people, longing for our home. C. S. Lewis said, “If I find in myself a desire which no experience in this world can satisfy, the most probable explanation is that I was made for another world.”5

Nothing is more often misdiagnosed than our homesickness for Heaven. We think that what we want is sex, drugs, alcohol, a new job, a raise, a doctorate, a spouse, a large-screen television, a new car, a cabin in the woods, a condo in Hawaii. What we really want is the person we were made for, Jesus, and the place we were made for, Heaven. Nothing less can satisfy us.

I like G. K. Chesterton’s picture of feeling homesick at home. We can say, “Heaven will be our eternal home,” or “Earth will be our eternal home,” but we shouldn’t say, “Heaven, not Earth, will be our eternal home,” because the Heaven in which we’ll live permanently will be on the New Earth.

Years ago, a Christian I met in passing told me it troubled him that he really didn’t long for Heaven. Instead, he yearned for an Earth that was like God meant it to be. He didn’t desire a Heaven out there somewhere, but an Earth under his feet, where God was glorified and he could fellowship with and serve God forever. He felt profoundly guilty and unspiritual for this desire.

At the time, my eyes hadn’t been opened to Scripture’s promise of the New Earth. If I could talk with that man again (I hope he reads this), I’d tell him what I should have told him then—that his desire was biblical and right. In fact, the place he’s always longed for, an Earth where God is fully glorified, is the very place where he will live forever.

Christ’s incarnation brought Heaven down to Earth. The coming New Earth will be God’s permanent dwelling place, as pure and holy as Heaven has ever been. Thus, it cannot be inappropriate to think of Heaven in earthly terms, because Scripture itself compels us to do so. Paul Marshall writes, “What we need is not to be rescued from the world, not to cease being human, not to stop caring for the world, not to stop shaping human culture. What we need is the power to do these things according to the will of God. We, as well as the rest of creation, need to be redeemed.”6

To say “This world is not your home” to a person who’s alive and alert to the wonders of the world is like throwing a bucket of water on a blazing fire. We should be fanning the flames of that fire to help it spread, not seeking to put it out. Otherwise, we malign our God-given instinct to love the earthly home that God himself made for us. And we reduce “spirituality” to a denial of art, culture, science, sports, education, and everything else human.

When we do this, we set ourselves up for hypocrisy—for we may pretend to disdain the world while sitting in church, but when we get in the car, we turn on our favorite music and head home to barbecue with friends, watch a ball game, play golf, ride bikes, work in the garden, or curl up with a cup of coffee and a good book. We do these things not because we are sinners but because we are people. We will still be people when we die and go to Heaven. This isn’t a disappointing reality—it’s God’s plan. He made us as we are—except the sin part, which has nothing to do with friends, eating, sports, gardening, or reading.

Like you, I’m tired of sin and suffering and crime and death and most of the things on the evening news. ­I’m tired of living with myself as I now am. But I love towering waterfalls crashing on rocks below. I love the spaciousness of the night sky over the desert. I love playing tennis and riding my bike and snorkeling in clear waters, as the physical person God has made me. I love the coziness of sitting next to Nanci on the couch in front of the fireplace, blanket over us and dog snuggled next to us.

These experiences are not Heaven—but they are little glimpses and foretastes of Heaven. What we love about this life are the things that resonate with the life God made us for. The things we love are not merely the best this life has to offer—they are previews of the greater life to come.

Do you ever feel homesick for Heaven?

Thank you, Father, for this great Earth. Remind us that the earth wasn’t made by Satan, to mock and oppose you. Rather, it was made by you to bring you glory. Thank you that you have made us physical beings, connected to the earth. Thank you that our destiny is to live on a renewed Earth, cleansed of sin and all that’s wrong. Thank you that the wonders of creation, which declare your glory, will not disappear but will re-emerge on the New Earth as greater testimonies to your glory than we can now imagine.


Excerpt from 50 Days of Heaven by Randy Alcorn, Day 23.


Notes
4 G. K. Chesterton, Orthodoxy (Chicago: Thomas More Association, 1985), 99-100.
5 Lewis, Mere Christianity, 120.
6 Marshall, Heaven Is Not My Home, 32-33.

Randy Alcorn, founder of EPM

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of over fifty books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries