El Gozo De Vivir Con Dios Para Siempre, Extracto de 50 Días del Cielo (The Joy of Living with God Forever, Excerpt from 50 Days of Heaven)

Estableceré mi morada en medio de ustedes. . . . Caminaré entre ustedes. Yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo. — Levítico 26:11-12

Si a la mente humana le agradan tanto la bondad, la belleza y la maravilla de las criaturas, el origen de la bondad de Dios (comparado con las gotitas de bondad que se encuentran en las criaturas) va a llevar a las emocionadas mentes humanas totalmente a dicho origen. —  Tomás  de Aquino

En el Edén, Dios venía a la Tierra, el hogar de la humanidad, cada vez que quería (Génesis 3:8). En la Nueva Tierra, Dios y la humanidad podrán estar juntos todas las veces que quieran. No tendremos que salir de nuestro hogar para ir a visitar a Dios. Él no tendrá que salir de su morada para visitarnos a nosotros. Dios y la humanidad van a vivir juntos para siempre en el mismo hogar—la Nueva Tierra.

Dios dice: “Habitaré entre ellos, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Ezequiel 37:27). “Viviré con ellos y caminaré entre ellos. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Corintios 6:16).

Considere esta declaración: “Dios mismo estará con ellos” (Apocalipsis 21:3). ¿Por qué dice enfáticamente Dios mismo? Porque Dios no va a simplemente enviar un delegado. Él realmente va a venir a vivir con nosotros en la Nueva Tierra.

La gloria de Dios será el aire que respiramos, lo que hará que queramos respirar más profundamente. En el nuevo universo, nunca podremos viajar tan lejos como para dejar atrás la presencia de Dios. A cualquier lugar que vayamos, Dios estará allí. Pero por grandes que sean las maravillas del Cielo, Dios mismo es el mayor galardón.

En el Cielo, por fin estaremos libres de creernos justos y de engañarnos a nosotros mismos. Ya no nos formularemos preguntas en cuanto a la bondad de Dios; la veremos, la gustaremos, la disfrutaremos y se la declararemos a nuestros compañeros. De seguro que nos vamos a preguntar cómo alguna vez hemos dudado su bondad, porque entonces nuestra fe será por la vista—veremos a Dios.

En un sermón de 1733, Jonathan Edwards dijo: “Dios es el bien más alto de una criatura sensata, y disfrutar a Dios es la única felicidad que puede satisfacer nuestras almas. Ir al cielo para disfrutar a Dios a plenitud, es infinitamente mejor que las cosas más confortables aquí.”

Hoy en día, muchos libros y programas hablan sobre mensajes del reino espiritual; supuestamente vienen de personas que han muerto y ahora hablan por medio de canalizadores o médiums. Afirman haber venido del Cielo para comunicarse con sus seres amados, y sin embargo casi nunca hablan de Dios o expresan la maravilla de ver a Jesús. Pero nadie que en realidad hubiera estado en el Cielo podría dejar de mencionar lo que las Escrituras muestran que es el foco principal: Dios mismo. Si usted hubiera pasado una tarde cenando con un rey, no regresaría y hablaría acerca de cómo estaba arreglado el lugar; hablaría sobre el rey. Cuando le fue revelado el Cielo al apóstol Juan y él registró los detalles, primero y principalmente, desde el principio hasta el fin, él se mantuvo hablando de Jesús.

La novela exitosa Las Cinco Personas Que Encontrarás en el Cielo presenta a un hombre que muere, va al Cielo y se encuentra con cinco personas que le dicen que su vida en realidad tuvo mucha importancia. El hombre descubre perdón y aceptación. Suena bien, pero el libro falla porque no presenta a Jesús como el objeto de la fe salvadora. El “Cielo” que presenta no se trata de Dios; se trata de nosotros. Dios no es la persona principal que encontramos en este “Cielo”; ni siquiera es una de las cinco personas que encontramos allí. Es por eso que el “Cielo” que se presenta en ese libro no tiene profundidad ni satisface.

Ir al Cielo sin Dios sería igual que si una novia fuera a su luna de miel sin su esposo. Si no hay Dios, no hay Cielo. Teresa de Ávila dijo: “Donde está Dios, allí está el Cielo.”1 El corolario es obvio: Donde no está Dios, allí está el Infierno. El Cielo será simplemente una extensión física de la bondad de Dios. Estar con Dios, conocerlo, verlo, es la atracción central e irreducible del Cielo.

Jesús les prometió a sus discípulos: “Vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté” (Juan 14:3). Para los creyentes, morir es “vivir junto al Señor” (2 Corintios 5:8). El apóstol Pablo dice: “Deseo partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23). Él podría haber dicho: “Deseo partir y estar en el Cielo,” pero no lo dijo. Sus pensamientos eran estar con Jesucristo, que es el aspecto más significativo del Cielo.

Cuando Jesús oró que estemos con él en el Cielo, explicó por qué: “Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy. Que vean mi gloria, la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo” (Juan 17:24, itálicas añadidas). Cuando obtenemos un logro, queremos compartirlo con los que están más cerca de nosotros. De igual forma, Jesús quiere compartir con nosotros su gloria, su persona y sus logros.

El deseo de Cristo de que veamos su gloria nos debería conmover profundamente. Qué elogio tan inesperado que el Creador del universo haya hecho tanto, realizando un sacrificio tan grande, para preparar un lugar para nosotros en el cual podamos contemplar y participar de su gloria.

¿Se ha imaginado alguna vez lo que sería caminar en la Tierra con Jesús, tal como lo hicieron los discípulos? Si conoce a Cristo, tendrá esa oportunidad en la Nueva Tierra. Lo que sea que hagamos con Jesús, lo estaremos haciendo con el segundo miembro del Dios trino. ¿Cómo será correr al lado de Dios, reírse con Dios, hablar sobre un libro con Dios, cantar, escalar, nadar y jugar a la pelota con Dios? Jesús prometió que comeríamos con él en su reino. Esta es una intimidad con Dios inconcebible para alguien que no haya captado el significado de la encarnación. Piense en esto—comer una comida con Jesús será comer una comida con Dios.

El Dios infinitamente fascinante será la persona más importante e interesante que veremos en el Cielo.

La buena noticia es que podemos llegar a conocer a ese Dios cautivador aquí y ahora. Lo hacemos cuando venimos ante su presencia en oración, le confesamos nuestros pecados, leemos y meditamos en su Palabra, y nos reunimos con otros seguidores de Jesús en iglesias que enseñan la Biblia.

¿Está haciendo lo que se requiere para conocer a Dios? ¿Qué más puede hacer?

Dios, líbranos de perspectivas humanas del Cielo, porque llevan a una perspectiva superficial del Cielo, que no es digna de ti, el Rey y el centro del Cielo. Ayúdanos a ver que al igual que el sol es el centro del sistema solar, tú eres el centro del universo. Todo se trata de ti. Estaremos muy felices de estar dentro de la zona gravitacional de tu infinita presencia, encontrando nuestro gozo no en remedios que nos dan seguridad en nosotros mismos, sino en conocerte, adorarte, servirte y disfrutar de tu presencia.


Extracto de 50 Días del Cielo by Randy Alcorn, Día 24.


Notas
1 Saint Teresa of Avila, The Way of Perfection, capítulo 28, parte 2, Christian Classics Ethereal Library: http://www.ccel.org/ccel/teresa/way.i.xxxiv.html. Publicado en español en 2005 como Camino de Perfección por Monte Carmelo.



The Joy of Living with God Forever
(Excerpt from 50 Days of Heaven)

I will put my dwelling place among you. . . . I will walk among you and be your God, and you will be my people. — Leviticus 26:11-12

If the goodness, beauty, and wonder of creatures are so delightful to the human mind, the fountainhead of God’s own goodness (compared with the trickles of goodness found in creatures) will draw excited human minds entirely to itself. — Thomas Aquinas

In Eden, God came down to Earth, the home of mankind, whenever he wished (Genesis 3:8). On the New Earth, God and mankind will be able to come to each other whenever they wish. We will not have to leave our home to visit God. He will not have to leave his home to visit us. God and mankind will live together forever in the same home—the New Earth.

God says, “My dwelling place will be with them; I will be their God, and they will be my people” (Ezekiel 37:27) and “I will live with them and walk among them, and I will be their God, and they will be my people” (2 Corinthians 6:16).

Consider this statement: “God himself will be with them” (Revelation 21:3). Why does it emphatically say God himself? Because God won’t merely send us a delegate. He will actually come to live among us on the New Earth.

God’s glory will be the air we breathe, which will make us want to breathe deeper. In the new universe, we’ll never be able to travel far enough to leave God’s presence. Wherever we go, God will be there. However great the wonders of Heaven, God himself is Heaven’s greatest prize.

In Heaven, we’ll at last be freed of self-righteousness and self-deceit. We’ll no longer question God’s goodness; we’ll see it, savor it, enjoy it, and declare it to our companions. Surely we will wonder how we ever could have doubted his goodness. For then our faith will be sight—we shall see God.

Jonathan Edwards said in a 1733 sermon, “God is the highest good of the reasonable creature, and the enjoyment of him is the only happiness with which our souls can be satisfied. To go to heaven fully to enjoy God, is infinitely better than the most pleasant accommodations here.”

Many books and programs these days talk about messages from the spirit realm, supposedly from people who’ve died and now speak through channelers or mediums. They claim to have come from Heaven to interact with loved ones, yet they almost never talk about God or express wonder at seeing Jesus. But no one who had actually been in Heaven would neglect to mention what Scripture shows to be Heaven’s main focus: God himself. If you had spent an evening dining with a king, you wouldn’t come back and talk about the wall hangings and place settings; you’d talk about the king. When Heaven was revealed to the apostle John, he recorded the details, but first and foremost, from beginning to end, he kept talking about Jesus.

The best-selling novel The Five People You Meet in Heaven portrays a man who dies, goes to Heaven, and meets five people who tell him his life really mattered. He discovers forgiveness and acceptance. It sounds good, but the book fails to present Jesus as the object of saving faith. It portrays a “Heaven” that isn’t about God, but about us. God is not the main person we meet in this “Heaven”—he’s not even one of five people we meet there! That is why the “Heaven” portrayed in the book is ultimately shallow and unsatisfying.

Going to Heaven without God would be like a bride going on her honeymoon without her groom. If there’s no God, there’s no Heaven. Teresa of Avila said, “Wherever God is, there is Heaven.”2 The corollary is obvious: Wherever God is not, is Hell. Heaven will simply be a physical extension of God’s goodness. To be with God—to know him, to see him—is the central, irreducible draw of Heaven.

Jesus promised his disciples, “I will come back and take you to be with me that you also may be where I am” (John 14:3). For Christians, to die is “to be present with the Lord” (2 Corinthians 5:8, nkjv). The apostle Paul says, “I desire to depart and be with Christ, which is better by far” (Philippians 1:23). He could have said, “I desire to depart and be in Heaven,” but he didn’t. His mind was on being with his Lord Jesus, which is the most significant aspect of Heaven.

When Jesus prayed that we would be with him in Heaven, he explained why: “Father, I want those you have given me to be with me where I am, and to see my glory, the glory you have given me because you loved me before the creation of the world” (John 17:24, emphasis added). When we accomplish something, we want to share it with those closest to us. Likewise, Jesus wants to share his glory with us—his person and his accomplishments.

Christ’s desire for us to see his glory should touch us deeply. What an unexpected compliment that the Creator of the universe has gone to such great lengths, at such sacrifice, to prepare a place for us where we can behold and participate in his glory.

Have you ever imagined what it would be like to walk the earth with Jesus, as the disciples did? If you know Christ, you will have that opportunity—on the New Earth. Whatever we will do with Jesus, we’ll be doing with the second member of the triune God. What will it be like to run beside God, laugh with God, discuss a book with God, sing and climb and swim and play catch with God? ­Jesus promised we would eat with him in his Kingdom. This is an intimacy with God unthinkable to any who don’t grasp the significance of the Incarnation. Think of it—to eat a meal with Jesus will be to eat a meal with God.

The infinitely fascinating God is by far the most important and most interesting person we’ll ever meet in Heaven.

The good news is that we can get to know this captivating God here and now. We do this when we come before him humbly in prayer, confess our failings, read and contemplate his Word, and gather together in Bible-teaching churches with other followers of Jesus.

Are you doing what it takes to get to know God? What else can you do?

God, free us from human-centered views of Heaven. These lead to a superficial view of Heaven that is unworthy of you, the King and core of Heaven. Help us see that as the sun is the center of the solar system, you are the center of Heaven, the center of the universe. It’s about you. We will be happily held in the gravitational pull of your infinite being, finding our joy not in self-affirming remedies, but in knowing, worshiping, serving, and enjoying you!


Excerpt from 50 Days of Heaven by Randy Alcorn, Day 24.


Notes
2 Saint Teresa of Avila, The Way of Perfection, chap. 28, par. 2, Christian Classics Ethereal Library, http://www.ccel.org/ccel/teresa/way.i.xxxiv.html.

Randy Alcorn, founder of EPM

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of over fifty books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries