Dos puntos para comprobar su semejanza a Cristo, Extracto de Entre la Gracia y la Verdad: Una Paradoja (A Two-Point Checklist of Christlikeness, Excerpt from The Grace and Truth Paradox)

Ya tarde, en una noche lluviosa, mi esposa y yo salíamos de un cine, cuando ella notó a un anciano que estaba en el estacionamiento apoyado en un andador, forcejeando. Yo lo ayudé a entrar en su auto. Como estaba tan agotado, le pregunté si le podía llevar el auto hasta su casa.

Él no quiso, pero le dije que lo íbamos a seguir hasta su casa, por si necesitaba ayuda. Mientras él iba saliendo, conduciendo de una manera errática, nosotros orábamos para que no encontrara la calle. Nuestras oraciones fueron respondidas cuando quedó atrapado en una carrilera para recoger comida rápida en un restaurante. Yo abrí su puerta y le pedí que se pasara al asiento del pasajero para poderlo llevar a su casa, mientras Nanci nos seguía.

Cuando salíamos, dos hombres saltaron frente al auto, agitando los brazos y un teléfono móvil. Uno me gritó: «Mi esposa está dando a luz, y tengo que llegar a mi casa. ¿Nos puede llevar?».

«Bueno», le dije, «este auto no es mío, y no conozco a este señor que está sentado a mi lado».

La excusa no sonaba muy bien, ¿verdad?

Le pedí a Nanci que condujera el auto del anciano y me siguiera mientras yo llevaba a aquellos hombres a su casa (dondequiera que fuera). Después de dejarlos, volví al auto de George —ya para entonces sabía su nombre—para llevarlo a su casa (también dondequiera que estuviese). Cuando llegamos a su hogar, lo ayudé a llegar hasta su cuarto.

Así supe que George había sido profesor de ciencias políticas en la Universidad Estatal de San Francisco durante veintiocho años. Me di cuenta de que la mayoría de la gente con un historial como el de George no contaría con ningún cristiano creyente en la Biblia entre sus personas favoritas. Me preguntó por qué lo habíamos ayudado. Le dije que éramos seguidores de Cristo. Le dejé mi libro In Light of Eternity. Oré para que Dios tocara su vida, con la esperanza de escuchar el resto de la historia en la eternidad.

Resulta que no tuvimos que esperar tanto tiempo. Dos meses más tarde, mi ayudante Kathy se despertó en medio de la noche experimentando un extraño problema médico que nunca antes había tenido, y nunca más ha vuelto a tener. Al día siguiente fue a su médico, y llevó consigo un ejemplar de In Light of Eternity. Cuando el médico lo vio, le dijo: «Uno de mis pacientes andaba con ese libro el otro día, y me dijo que querría poder hablar con el autor».

Kathy volvió a nuestra oficina con el número de teléfono de George. Yo lo llamé y le pregunté si quería que pasara por su casa. Me dijo que sí. Estaba replete de preguntas. Quería saber la verdad acerca de Jesucristo. No podía entender la idea de la gracia; de que Dios pudiera perdonar realmente a gente desastrosa. Me dijo que le parecía algo «demasiado fácil».

La conversación duró dos horas. Vi que el Espíritu de Dios se estaba moviendo en él. Por último oró, confesó sus pecados y aceptó el don de la vida eternal que le ofrecía Cristo.

Ahora bien, ¿qué posibilidades hay de que todos estos sucesos hayan coincidido?

No hay la menor posibilidad; fueron una serie de citas divinas.

Un pequeño acto de gracia por parte de mi esposa y mío (dos, si contamos el viaje hasta donde estaba la señora a punto de dar a luz) logró causar una impression en George, y también puso en sus manos un libro que le ofreció la verdad.

Aquellas cosas que vio George, aquello con lo que batalló, y que finalmente lo llevó a Cristo, fueron la gracia y la verdad.

¿Qué nos descubre?

Un amigo mío se sentó en un pequeño restaurant londinense y tomó el menú.

«¿Qué va a ser?», le dijo el mesero.

Mientras estudiaba los enigmáticos platos, mi amigo dijo: «Uhh…»

El mesero sonrió. «Oh, un yanqui. ¿De qué parte de Estados Unidos es usted?»

Él no había dicho una sola palabra, pero ya se había descubierto.

En el siglo primero también descubrían enseguida a los seguidores de Cristo. ¿Por qué los descubrían?

No era por sus edificios, porque no tenían ninguno.

No era por sus programas, porque tampoco tenían ninguno.

No era por su poder político, porque no lo tenían.

No era por sus pulidas publicaciones, redes de televisión, letreros para el auto ni celebridades, porque no tenían nada de eso.

¿Qué era entonces?

Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Hechos 4:33

Testificaban a favor de la verdad de Jesús y vivían por su gracia. La verdad era el alimento que comían y el mensaje del que hablaban. La gracia era el aire que respiraban y la vida que vivían.

El mundo que los rodeaba nunca había visto nada igual.

Todavía no lo ha vuelto a ver.

Las dos cosas esenciales

La única «fórmula para el crecimiento de la iglesia» que poseía la Iglesia apostólica era el cuerpo de verdades que fluía con la sangre de la gracia. Atraían a miles hacia Jesús a base de ser como Jesús.

Ahora bien, ¿qué significa «ser como Jesús»? Podríamos hacer largas listas con las cualidades de su carácter. Pero mientras más larga sea la lista, menos podremos ajustar nuestra mente a ella. (Si ni siquiera puedo hacer malabarismos con tres bolas, ¿cómo los podría hacer con varias docenas?).

¿Y si se pudiera reducir el carácter de Cristo a dos ingredientes?

Porque de hecho, así es:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, Gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan 1:1, 14, cursiva del autor

Jesús está lleno de dos cosas: gracia y verdad.

No dice que esté «lleno de paciencia, sabiduría, belleza, compasión y creatividad». En la lista no hay coma alguna, y solo hay una conjunción: gracia y verdad. Las Escrituras han destilado los atributos de Cristo hasta reducirlos a una lista con solo dos puntos para definer en qué consiste ser semejante a Cristo.

El niño nacido en un establo de Belén era el Creador del universo. Plantó su tienda en medio del humilde campamento de nuestro pequeño planeta. La gloria de Dios ya no habitaba en un templo hecho de madera y de piedra, sino en Cristo. Él era el Lugar Santísimo.

Pero cuando ascendió de nuevo al inmenso cielo azul, dejó la gloria shekiná de Dios —esa manifestación visible de la presencia divina— aquí en la tierra. Los cristianos nos convertimos en sus templos vivos; en el nuevo Lugar Santísimo (1 Corintios 3:16-17; 6:19).

A la gente le bastaba mirar a Jesús para ver cómo es Dios. Hoy en día, también solo les debería bastar con mirarnos a nosotros para ver cómo es Jesús. Para bien o para mal, van a sacar conclusiones acerca de Cristo a partir de lo que ven en nosotros. Si no pasamos la prueba de la gracia, no somos semejantes a Él. Si no pasamos la prueba de la verdad, tampoco somos semejantes a Él. Si pasamos ambas pruebas, somos como Jesús.

Un mundo hambriento de gracia y hambriento de verdad necesita a Jesús, lleno de gracia y de verdad.

Entonces, ¿qué ve este mundo hambriento cuando nos mira a nosotros?

Sorprendidos por la gracia

La cultura judía del siglo primero comprendía la verdad mucho mejor que la gracia. En Juan 1:14 aparece primero la gracia, porque era más sorprendente.

Cuando Jesús entró en el escenario del mundo, la gente no solo pudo oír las exigencias de la verdad, sino que también pudo ver a la Verdad misma. Ya no se trataba de unos fugaces destellos de gracia, sino de la Gracia misma. «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).

Cuando Dios pasó frente a Moisés, se identificó a sí mismo como «grande en misericordia y verdad» (Éxodo 34:6). Las palabras traducidas como misericordia y verdad son los equivalentes hebreos de las palabras gracia y verdad.

La palabra gracia es encantadora; fragante.

Intriga.

Atrae.

Obliga.

Deslumbra.

Y también confunde. Es como si Dios hubiera dicho: «Ustedes saben lo que es la verdad. La enseñan en las sinagogas todos los días de reposo. Pero ahora, déjenme hablarles de la gracia…»

El Antiguo Testamento enseña el temor de Dios, detallando las horrendas consecuencias que tiene el rechazo de la verdad. Presenta la verdad de manera implacable. Uza cayó fulminado, solo por tratar de sostener el arca con la mano.

Por supuesto que hay gracia en el Antiguo Testamento —y mucha—, pero la eclipsa la verdad. Los fariseos, guardianes de las puertas de Dios por decisión propia, nunca hicieron resaltar la gracia. Los oyentes de Cristo habían visto la verdad en la ley de Moisés, pero fue Él quien les dio su primera visión clara de la gracia. La ley solo podía revelar el pecado. Jesús lo podía quitar.

Hoy en día, hay iglesias que abrazan la verdad, pero necesitan una fuerte dosis de gracia.

Otras iglesias hablan de la gracia, pero claman por una fuerte dosis de verdad.

Hace algún tiempo, invité a almorzar a una activista lesbiana. Se pasó la primera hora martilleándome, hablando de todos los cristianos que la habían maltratado. Parecía más dura que el acero. Yo la escuché, tratando de mostrarle la gracia de Dios, y orando para que viera al Jesús que necesitaba con tanta urgencia. Ella levantaba la voz y maldecía con toda libertad. La gente se le quedaba mirando. Pero no me preocupaba. Jesús fue a la cruz por ella; lo menos que yo podia hacer era escuchar.

De repente, se quebrantó y se echó a llorar y a sollozar. Yo extendí el brazo por encima de la mesa y le tomé la mano. Durante las dos horas siguientes, escuché su historia, su desconsuelo, sus dudas acerca de las causas que defendía. Yo le hablé de la gracia de Cristo.

Al cabo de cuatro horas, salimos juntos de aquel restaurante. Nos abrazamos.

En nuestra conversación no se había compartido la verdad a expensas de la gracia, ni la gracia a expensas de la verdad.

Las aves necesitan dos alas para volar. Con una sola ala, no despegan del suelo. El Evangelio vuela con las alas de la gracia y la verdad. No una sola, sino ambas.

El logro de un equilibrio

El aparente conflicto entre la gracia y la verdad no se debe a que sean incompatibles, sino a que a nosotros nos falta perspectiva para resolver su paradoja. Entre ambas existe una dependencia mutua. Nunca nos debemos acercar a la verdad, si no es con un espíritu de gracia, ni a la gracia si no es con un espíritu de verdad. Jesús no era cincuenta por ciento gracia y cincuenta por ciento verdad, sino ciento por ciento gracia y ciento por ciento verdad.

A los cristianos orientados hacia la verdad les encanta estudiar las Escrituras y la teología. Pero algunas veces juzgan con rapidez y perdonan con lentitud. Son fuertes en la verdad, pero débiles en la gracia.

A los cristianos orientados hacia la gracia les encantan el perdón y la libertad. Pero algunas veces descuidan el estudio de la Biblia y ven las normas morales como un «legalismo». Son fuertes en la gracia, pero débiles en la verdad.

Son incontables los errores en el matrimonio, la educación de los hijos, el ministerio y otras formas de relación que se deben a una falta de equilibrio entre la gracia y la verdad. Hay ocasiones en que descuidamos ambas cosas. Con frecuencia, nos decidimos por una, descuidando la otra.

Esto me recuerda a Moisés, nuestro perro dálmata.

Cuando tiene una bola de tenis en la boca, la otra está en el suelo. Cuando va en busca de la segunda bola, deja caer la primera. Los perros grandes se pueden meter dos bolas en la boca, pero Moisés no. Solo se las arregla para tenerlas ambas en la boca por un instante. Para tormento suyo, una de las dos salta al suelo.

También nuestra mente no parece ser lo suficientemente grande para agarrarse de la gracia y la verdad al mismo tiempo. Vamos en busca de la bola de la gracia, pero soltamos la de la verdad para darle lugar. Necesitamos ampliar nuestra pequeña mente para poderlas sostener ambas al mismo tiempo.

Una paradoja es una contradicción aparente. En realidad, la gracia y la verdad no son contradictorias. Jesús no conectaba la verdad y después la desconectaba para poder conectar la gracia. En Él, ambas cosas están permanentemente conectadas. También en nosotros ambas lo deberían estar.

¿Qué haría Jesús? Siempre hay una respuesta: Actuaría en gracia y en verdad.

La verdad sin la gracia fomenta un legalismo farisaico que envenena a la iglesia y aleja de Cristo al mundo.

La gracia sin la verdad produce la indiferencia moral e impide que la gente vea que necesita a Cristo.

Los intentos por «suavizar» el Evangelio a base de reducir la verdad al mínimo, alejan a la gente de Jesús. Los intentos por «endurecer» el Evangelio a base de reducer la gracia al mínimo también la alejan de Él. No basta con que ofrezcamos gracia o verdad. Las debemos ofrecer ambas. Ese es el tema de este librito.


Extracto de Entre la Gracia y la Verdad: Una Paradoja (fuera de la impression) por Randy Alcorn, Capítulo uno.



A Two-Point Checklist of Christlikeness
(Excerpt from The Grace and Truth Paradox)

Late one rainy night, my wife and I were leaving a movie the­ater when Nanci noticed an older man in the parking lot leaning on a walker, struggling. I helped him get into his car. Since he was so exhausted, I asked if I could drive him home.

He declined, but I said we’d follow him home in case he needed help. As he pulled out, driving erratically, we prayed he wouldn’t find the street. Our prayers were answered when he got trapped in a fast-food drive-through line. I opened his door and asked him to move to the passenger seat so I could drive him home, while Nanci followed.

As I pulled out, two men jumped in front of the car, waving their arms and a cell phone. One shouted, “My wife’s having our baby, and I have to get home. Can you drive us?”

“Well,” I said, “this isn’t my car, and I don’t know this man sitting next to me.”

Sounded pretty lame, don’t you think?

I asked Nanci to drive the older man’s car and follow me while I took those guys home (wherever that was). After dropping them off, I hopped back in with George—by now I knew his name—to take him home (wherever that was). When we reached his place, I helped him to his room.

I found out George had been a political science professor at San Francisco State University for twenty-eight years. I realized that most people of George’s background would not count Bible-believing Christians among their favorite people! George asked me why we had helped him. I told him we were followers of Christ. I left him my book In Light of Eternity. I prayed God would touch his life and hoped we’d hear the rest of the story in eternity.

As it turns out, we didn’t have to wait that long.

Two months later my assistant Kathy woke up in the middle of the night experiencing a strange medical problem she’d never had before and hasn’t had since. The next day she went to her doctor, bringing with her a copy of In Light of Eternity. When the doctor saw it, he said, “One of my patients was carrying that book the other day—and he told me he wished he could talk to the author.”

Kathy returned to our office with George’s phone number. I called him and asked if he wanted me to drop by. He did. George was full of questions. He wanted to know the truth about Jesus Christ. He couldn’t get over the idea of grace, that God could really forgive rotten people. He said it sounded “too easy.”

Two hours of discussion followed. I saw God’s Spirit at work in George. Finally he prayed, confessed his sin, and accepted Christ’s gift of eternal life.

Now, what are the chances of all these events coinciding?

No chance at all—they were a series of divine appointments.

A small act of grace by my wife and me (two small acts, counting the trip to the woman ready to deliver a baby) somehow made an impression on George—and also got into his hands a book that offered him the truth.

What George saw, what he wrestled with, and what ultimately brought him to Christ was grace and truth.

What Gives Us Away?

A friend sat down in a small London restaurant and picked up a menu.

“What will it be?” the waiter asked.

Studying the puzzling selections, my friend said, “Uhh...”

The waiter smiled. “Oh, a Yank. What part of the States are you from?”

He hadn’t said a word. But he’d already given himself away.

In the first century, Christ’s followers were also recognized immediately. What gave them away?

It wasn’t their buildings. They had none.

It wasn’t their programs. They had none.

It wasn’t their political power. They had none.

It wasn’t their slick publications, TV networks, bumper stickers, or celebrities. They had none.

What was it?

With great power the apostles continued to testify to the resurrection of the Lord Jesus, and much grace was upon them all. (Acts 4:33)

They testified to the truth about Christ and lived by His grace. Truth was the food they ate and the message they spoke. Grace was the air they breathed and the life they lived.

The world around them had never seen anything like it. It still hasn’t.

The Two Essentials

The only “church growth formula” the early church pos­sessed was the body of truth flowing with the blood of grace. They drew thousands to Jesus by being like Jesus.

But what does it mean to “be like Jesus”? We could come up with long lists of His character qualities. But the longer the list, the less we can wrap our minds around it. (I can’t even juggle three balls. How could I juggle dozens?)

But what if the character of Christ was reducible to two ingredients?

In fact, it is:

In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God.... The Word became flesh and made his dwelling among us. We have seen his glory, the glory of the One and Only, who came from the Father, full of grace and truth. (John 1:1, 14, emphasis added)

Jesus is full of two things: grace and truth.

Not “full of patience, wisdom, beauty, compassion, and creativity.” In the list there are no commas and only one conjunction—grace and truth. Scripture distills Christ’s attributes into a two-point checklist of Christlikeness.

The baby born in a Bethlehem barn was Creator of the universe. He pitched His tent on the humble camping ground of our little planet. God’s glory no longer dwelt in a temple of wood and stone, but in Christ. He was the Holy of Holies.

But when He ascended back into the wide blue heavens, He left God’s shekinah glory—that visible manifestation of God’s presence—on earth. We Christians became His living temples, the new Holy of Holies (1 Corinthians 3:16–17; 6:19).

People had only to look at Jesus to see what God is like. People today should only have to look at us to see what Jesus is like. For better or worse, they’ll draw conclusions about Christ from what they see in us. If we fail the grace test, we fail to be Christlike. If we fail the truth test, we fail to be Christlike. If we pass both tests, we’re like Jesus.

A grace-starved, truth-starved world needs Jesus, full of grace and truth.

So what does this hungry world see when it looks at us?

Surprised by Grace

First-century Jewish culture understood truth far better than grace. Grace comes first in John 1:14 because it was more surprising.

When Jesus stepped onto the world’s stage, people could not only hear the demands of truth but also see Truth Himself. No longer fleeting glimmers of grace, but Grace Himself. “Behold, the Lamb of God who takes away the sin of the world” (John 1:29, NASB).

When God passed in front of Moses, He identified Himself as “abounding in love and faithfulness” (Exodus 34:6). The words translated love and faithfulness are the Hebrew equivalents of grace and truth.

Grace is a delightful, fragrant word.

It intrigues.

Attracts.

Compels.

Dazzles.

It also confounds. It’s as though God said, “You know about truth. It’s taught in synagogues every Sabbath. But let Me tell you about grace...”

The Old Testament teaches the fear of God, spelling out the horrendous consequences of disregarding truth. It presents truth relentlessly. Uzzah was struck down for simply steadying the ark of the covenant with his hand.

There’s certainly grace in the Old Testament—lots of it—but it was overshadowed by truth. The Pharisees, God’s self-appointed gatekeepers, never emphasized grace. Christ’s hearers had seen truth in the law of Moses, but it was Christ who gave them their first clear view of grace. The law could only reveal sin. Jesus could remove it.

Some churches today embrace truth but need a heavy dose of grace.

Other churches talk about grace but cry out for a heavy dose of truth.

Some time ago, I invited a lesbian activist to lunch. For the first hour, she hammered me, telling of all the Christians who’d mistreated her. She seemed as hard as nails. I listened, trying to show her God’s grace, praying she’d see the Jesus she desperately needed. She raised her voice and cursed freely. People stared. But that was okay. Jesus went to the cross for her—the least I could do was listen.

Suddenly she was crying, sobbing, broken. I reached across the table and took her hand. For the next two hours I heard her story, her heartsickness, her doubts about the causes she championed. I told her about Christ’s grace.

After four hours we walked out of that restaurant, side by side. We hugged.

In our conversation, truth wasn’t shared at the expense of grace, or grace at the expense of truth.

Birds need two wings to fly. With only one wing, they’re grounded. The gospel flies with the wings of grace and truth. Not one, but both.

Achieving Balance

The apparent conflict that exists between grace and truth isn’t because they’re incompatible, but because we lack perspective to resolve their paradox. The two are interdependent. We should never approach truth except in a spirit of grace, or grace except in a spirit of truth. Jesus wasn’t 50 percent grace, 50 percent truth, but 100 percent grace, 100 percent truth.

Truth-oriented Christians love studying Scripture and theology. But sometimes they’re quick to judge and slow to forgive. They’re strong on truth, weak on grace.

Grace-oriented Christians love forgiveness and freedom. But sometimes they neglect Bible study and see moral standards as “legalism.” They’re strong on grace, weak on truth.

Countless mistakes in marriage, parenting, ministry, and other relationships are failures to balance grace and truth. Sometimes we neglect both. Often we choose one over the other.

It reminds me of Moses, our Dalmatian.

When one tennis ball is in his mouth, the other’s on the floor. When he goes for the second ball, he drops the first. Large dogs can get two balls in their mouth. Not Moses. He manages to get two in his mouth only momentarily. To his distress, one ball or the other spurts out onto the floor.

Similarly, our minds don’t seem big enough to hold on to grace and truth at the same time. We go after the grace ball—only to drop the truth ball to make room for it. We need to stretch our undersized minds to hold them both at once.

A paradox is an apparent contradiction. Grace and truth aren’t really contradictory. Jesus didn’t switch on truth and then turn it off so He could switch on grace. Both are permanently switched on in Jesus. Both should be switched on in us.

What would Jesus do? There is always one answer: He would act in grace and truth.

Truth without grace breeds a self-righteous legalism that poisons the church and pushes the world away from Christ.

Grace without truth breeds moral indifference and keeps people from seeing their need for Christ.

Attempts to “soften” the gospel by minimizing truth keep people from Jesus. Attempts to “toughen” the gospel by minimizing grace keep people from Jesus. It’s not enough for us to offer grace or truth.

We must offer both.

That’s what this little book is all about.


Excerpt from The Grace and Truth Paradox by Randy Alcorn, Chapter 1.

Photo by Priscilla Du Preez on Unsplash

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of over sixty books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries

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