A Salvo En Casa, Capítulo Uno (Excerpt from Safely Home)

Tres Hombres observaban atentamente mientras ocurrían acontecimientos peculiares, unos detrás de otros, en lados opuestos del planeta.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó el primero, alto y de piel oscura.

—No sé—respondió el hombre con cabello largo negro—. Pero los engranajes se están moviendo, ¿no es así?

—Está emergiendo un patrón —dijo el tercer hombre, fornido y de anchos hombros—. Algo grande parece que está a punto de ocurrir. Algo más acecha entre las sombras.

—Están convergiendo dos destinos. Pero ninguno lo sospecha.

El hombre alto señaló hacia un gran palacio en la distancia.

—Él busca para encontrar el hombre apropiado para la hora apropiada. ¿Es esta la hora? ¿Es este el hombre? Y si es así, ¿cuál hombre?

—La tierra se aró y las semillas se sembraron hace veinte años—dijo el hombre de anchos hombros—. No. Hace al menos cien años. Ahora veremos qué fruto produce la vid, o si se marchitará y se morirá.

—No están en juego tan solo dos hombres —dijo el hombre de cabello largo—, sino dos familias, quizá dos países.

—En realidad, dos mundos.

El hombre alto extendió una mano hacia los otros dos, que la agarraron firmemente, los músculos de sus antebrazos tensos. Ellos parecían guerreros.

—Lo que está en juego es grande.

—Mayor de lo que ellos se pueden imaginar. Mayor de lo que jamás soñamos cuando andábamos en ese mundo.

—Alguien tiene que tomar las decisiones difíciles —murmur Ben Fielding—. Y no veo a nadie más de voluntario.

Levantó el teléfono de su enorme escritorio de caoba al fondo de su oficina con ventanas, situada en el piso treinta y nueve de la Torre de U.S. Bancorp. Era una mañana soleada de septiembre, y Oregón era el mejor lugar en el mundo para vivir en el otoño, pero él tenía cosas más importantes que hacer que admirar el paisaje.

—¿Doug? Necesitamos hablar.

—Seguro —dijo Doug Roberts desde su escritorio en el departamento de ventas—. ¿Qué sucede?

—Tengo una reunión del equipo administrativo ahora mismo. Pudiera tomar una hora. Te llamaré cuando termine. Asegúrate de estar disponible. Tengo una conferencia telefónica antes de almorzar, y no tendré mucho tiempo.

—Muy bien, Ben. ¿Pero sobre qué deseas hablar?

—Te llamaré cuando esté listo.

Ben aún apretaba el teléfono tres segundos después de haber terminado de hablar. Finalmente lo puso en su lugar.

Doug era su primo, el hijo de la hermana de su mamá. Crecieron en la costa este, a unos pocos cientos de kilómetros el uno del otro. Estuvieron juntos en la mayoría de los días festivos, luchando en la nieve o explorando en la playa o jugando parches frente a la chimenea.

Ahora ambos trabajaban en Portland, Oregón para Getz Internacional, una corporación multinacional a la vanguardia. Como jefe de un departamento hace quince años, Ben le había ofrecido un empleo en ventas a Doug, y él aprovechó la oportunidad.

Doug tenía tanto potencial. ¿Por qué había forzado su decisión? En un tiempo él fue una persona valiosa para Ben. Ahora se había convertido en un riesgo.

El hecho de que Doug era un familiar lo hacía complicado. Ben quizá tendría que dejar de asistir a las reuniones festivas este año.

—Martin está en el salón de conferencias.

La voz de su secretaria por el intercomunicador lo trajo de nuevo a la realidad.

—Están listos para usted.

—Voy en camino.

En la puerta del salón de conferencias, Ben respiró profundamente, planeando su entrada. Entró con paso enérgico pero no muy deprisa. Se mantuvo firme y sonrió con amabilidad sin hacerlo abiertamente. Vestido en un traje negro de Armani con un corte italiano, Ben Fielding era una imagen de estilo, elegancia y capacidad por sus propios esfuerzos. Había ocho hombres en el salón, y todos los ojos estaban enfocados en él.

—Ben —dijo Martín—, estábamos hablando de ese sueño que nos explicaste en detalle hace diez años: ¡venderle una cosa de todo lo que tenemos a un país de mil doscientos millones de habitantes! —de repente la amplia sonrisa de Martin se evaporó—. Travis ha expresado algunas preocupaciones.

Ben levantó las cejas.

—La situación no es estable —dijo Travis—. No le tengo confianza a ese gobierno.

—China no será intimidada por nadie —dijo Ben—. Lo diré de nuevo. Si una nación dicta el futuro de todo el mundo, no será Estados Unidos. Será China. Mientras más rápido todo el mundo asimile esto, mejor podremos posicionarnos.

—Una cosa es segura —dijo Martín—, no hay otra compañía de semiconductores o microchip con nuestro acceso a Beijing o Shanghai. Entre Ben y Jeffrey, hemos establecido una gran cabeza de puente.

Martin Getz, mostrando dientes blancos y bien formados en una sonrisa tan grande que los atrajo a todos, era el director general de Getz Internacional. Su padre había comenzado la compañía en 1979, justo antes que la revolución de computación cambió el mundo.

—Bien, bien, señores. ¿Cuál es el informe de la fábrica en Shanghai?

—Todos los indicadores son positivos —dijo Jeffrey—. La producción todavía está subiendo. Con el socialismo perdiendo su control y los obreros recibiendo más por su trabajo, hay una nueva ética de trabajo china. Sin todas esas regulaciones paranoicas de seguridad y contra la contaminación, ellos hacen en una semana lo que nos toma a nosotros un mes.

—No quiero escuchar esto —dijo Johnny, juguetonamente cubriendo sus oídos—. Hay ciertas cosas que los abogados no deben saber.

—No podemos imponer normas estadounidenses sobre ellos—dijo Ben. Era una frase que él había repetido en muchas reunions del equipo—. Y aun si pudiéramos, no tenemos el derecho. Pero podemos insistir en las más altas normas de calidad de productos. Y estamos obteniendo excelentes resultados. Esas personas son listas, inteligentes, ansiosas de trabajar. No conocen de sindicatos; solo están agradecidos de ganarse la vida y poder comprarse un refrigerador, un televisor, quizá una computadora.

La voz confiada de Ben demandaba atención. Su presencia impresiona. Martin era el jefe, pero Ben era el cerebro y la energía. Todo el mundo lo sabía.

—¿Es China aún nuestro mercado que crece más rápido? —preguntó Martin.

—En unos pocos años más serán nuestros mayores clientes, sin lugar a duda —dijo Ben.

—Desearía compartir tu confianza —dijo Travis—. Me parece que estamos entrando a un campo minado. Es una economía inestable. Problemas de derechos humanos, demasiada construcción en Shanghai… sin mencionar la capacidad de Beijing de cancelar a cualquiera por cualquier razón.

—Son los capitalistas y los comunistas ayudándose unos a otros —dijo Ben—. Desde luego, ellos tienen problemas, pero están aprendiendo rápidamente. Lo he estado diciendo desde mi primer viaje a Beijing: China es nuestro futuro, señores. Nos ofrece las alianzas más rentables en el planeta. Y es un Mercado de sueño hecho realidad.

Martin miró a Ben con manifiesta admiración.

—Hace diez años cuando nos dijiste que podías generar millones de dólares si estudiabas mandarín en el tiempo de trabajo, pensé que te habías vuelto loco. Pero dio resultados. ¡Hombre, sí que dio resultados! Ellos confían en nosotros, especialmente en ti y en Jeffrey. Tú hablas su idioma, conoces su cultura. Esa es nuestra ventaja —Martin se puso de pie—. Y yo quiero aumentar esa ventaja. He estado pensando en algo desde que asistí a esa reunión de un grupo de expertos gerentes generals de compañías Fortune 500 en Chicago hace un par de meses.

Martin miró alrededor del salón como siempre lo hacía antes de anunciar una idea de la cual estaba singularmente orgulloso.

—Desearía enviar a Ben a pasarse quizá seis semanas viviendo entre ciudadanos chinos comunes y hablando con ellos, la clase de personas que pudieran trabajar en nuestras fábricas y comprar nuestros productos. Ben, ¿qué hay acerca de ese antiguo compañero de cuarto universitario tuyo? Él vive en China, ¿cierto? Es un profesor, ¿no es así?

Ben asintió con la cabeza. El rostro juvenil de Li Quan invadió su mente y la llenó de recuerdos agridulces. Era típico de Martin soltarle esta sorpresa con todo el mundo observando.

—Conocer la mente del consumidor típico ayudaría nuestra estrategia de ventas. Y serían excelentes relaciones públicas en ambos lados del océano. Nosotros seríamos la compañía que envió a un vicepresidente que habla mandarín a vivir con ciudadanos chinos, para ver cómo son, y descubrir lo que necesitan. Es el enfoque de que “nos interesa el hombre común”. Algo que aumentaría la imagen de Getz grandemente.

Los otros miembros del equipo administrativo se miraron unos a otros, y después a Ben. Él titubeó. Pero cuando Martin se sentía prepotente acerca de una idea, casi siempre ocurría. Lo mejor que se puede hacer es estar de acuerdo con él y parecer brillante y leal.

—De todos modos, hablaremos más de eso después —dijo Martín—. Sigamos el orden del día. Nuestras ganancias del tercer trimestre van a asombrarlos. Cuando esto llegue a la Bolsa de Valores va a causar sensación.

Una hora más tarde Ben salió del salón de conferencias estrechando las manos de sus socios. Al salir por la puerta vio a Doug Roberts de pie junto a una máquina copiadora. Su estómago se revolvió. Miró su reloj.

Llamada de conferencia en seis minutos.

—Doug —le llamó—, la reunión tendrá que esperar hasta el lunes en la mañana. En mi oficina a las 7:30.

—Seguro. Pero de qué vamos a…

—Siete y media, el lunes. En mi oficina. Tengo una llamada de conferencia.

Ben pasó rápidamente frente a su secretaria, Jen, y entró a su oficina. Cerró la puerta detrás de él y se hundió en el cómodo sofá de visitas.

Hasta que sus vidas habían tomado direcciones diferentes, Doug había sido no solo un familiar, sino un buen amigo. Ben sabía que no podía permitirse pensar más de esa forma sobre él. Y si Doug aún consideraba a Ben un amigo, bueno… no lo haría por mucho más tiempo.


Extracto de A Salvo En Casa (fuera de la impression) por Randy Alcorn, capítulo uno.



Safely Home: Chapter 1

Three men watched intently as peculiar events occurred, one right after the other, on opposite sides of the globe.

“What’s happening?” asked the first, tall and dark skinned.

“I don’t know,” replied the man with long black hair. “But wheels are turning, aren’t they?”

“Things appear synchronized,” said the third man, compact and broad shouldered. “A pattern is emerging. Something great seems poised to happen. Something else lurks in the shadows. It seeks to devour the greatness before it is born.”

“Two destinies are converging. But neither suspects it.”

The tall one pointed toward a great palace in the distance. “He searches to find the right man for the right hour. Is this the hour? Is this the man?”

“And if so, which man? Or both? We see far more clearly than they do. But still our minds are too small to figure it all out.”

“The soil was tilled and the seeds planted twenty years ago,” the broad-shouldered man said. “No. A hundred years, at least. Now we will see what fruit the vine produces, or whether it will wither and die.”

“Hanging in the balance are not just two men,” said the longhaired man, “but two families, perhaps two nations.”

“Indeed, two worlds.”

“The loss could be immense. Or the gain immeasurable.” His voice trembled.

“We must watch closely as the tapestry is woven . . . or as it unravels.”

“We must do more than watch.” The tall man reached out one hand to the other two, who grasped it firmly, the muscles of their forearms taut. They now looked like warriors.

“The stakes are high.”

“Higher than they can possibly imagine. Higher than we ever dreamed when we walked that world.”

 

“Somebody’s got to make the tough calls,” Ben Fielding muttered. “And I don’t see anyone else volunteering.”

He picked up the phone from his oversized mahogany desk at the far side of his window office on the thirty-ninth floor of the U.S. Bancorp Tower. It was a bright September morning, andOregonwas the best place in the world to live in the fall, but he had more important things to do than admire the view.

“Doug? We need to talk.”

“Sure,” said Doug Roberts from his desk in the sales department. “What’s up?”

“I have a management team meeting right now. Might take an hour. I’ll call you in when it’s over. Be sure you’re available. I’ve got a conference call before lunch, and I won’t have much time.”

“Okay, Ben. But what do you want to talk about?”

“I’ll call you when I’m ready.” Ben still gripped the phone tightly three seconds after he’d finished talking. Finally he put it down.

Doug was his cousin, his mom’s sister’s son. They’d grown up on the East Coast, a few hundred miles apart. They’d spent most holi­days together, wrestling in the snow or exploring the beach or playing Parcheesi in front of the fire. Those were the days . . . when life was simple, and loyalties easily maintained.

Now they both worked inPortland,Oregon, on the opposite seaboard, for Getz International, a leading-edge multinational corporation. As a department head fifteen years ago, Ben had offered Doug a sales job, and he’d jumped at it. They were both young and hungry back then.

Doug had so much potential. Why had he forced his hand? Once he’d been an asset to Ben. Now he’d become a liability.

That Doug was family made it messy. Ben would probably have to skip the holiday gatherings this year. Doug had backed him into a corner. He had to send a clear message to all the employees—Ben Fielding doesn’t tolerate insubordination, and he doesn’t play favorites.

“Martin’s in the boardroom.” His secretary’s voice over the intercom yanked Ben back to the moment. “They’re ready for you.”

“On my way.”

Ben stopped in front of the mirror on the back side of his office door, ran a comb through his hair, then straightened hisShanghaisilk tie. He went to the door of the conference room, took a deep breath, and calcu­lated his entrance. He walked in briskly but not too hurried. He stood tall and smiled pleasantly without grinning, a smile he’d practiced in the mirror. Dressed in a black Armani with a boxy Italian fit, Ben Fielding was a self-made picture of style, poise, and competence. There were eight men in the room, and every eye was on him.

“Hey, Ben,” Martin said, “we’re talking about that dream you spelled out for us ten years ago—selling one of every thing to a country of 1.2 billion people!” Suddenly Martin’s broad smile evaporated. “Travis here and a couple of the team have voiced some concerns.”

Ben raised his eyebrows and stared at Travis.

“The situation’s not stable,” Travis said, looking at his Palm Pilot instead of Ben. “I don’t trust that government.”

“Chinawon’t be bullied by anyone,” Ben said. “That’s whatHong Kongwas all about. AndMacao. They won’t let ‘foreign devils’ control their destiny. What’s theirs is theirs.”

“And what isn’t theirs eventually will be,” Travis said.

Ben shrugged. “I’ll say it again. If one nation dictates every body’s future, it won’t beAmerica. It’ll beChina. The sooner every body comes to terms with that, the better we can position ourselves.”

“One thing’s for sure,” Martin said; “there’s not another semiconductor or microchip company with our access toBeijingandShanghai. Between Ben and Jeffrey, we’ve established one major beachhead.”

Martin Getz, showing straight white teeth in a smile so big it drew in every one, was CEO of Getz International. His father had started the company in 1979, just before the computer revolution changed the world.

“Okay, okay, guys. What’s the report on theShanghaifactory?”

“All indicators are positive,” Jeffrey said. “Production’s still going up. With socialism loosening its grip and workers getting more for their labor, there’s a new Chinese work ethic. Without all those paranoid safety and antipollution regulations, they get done in a week what takes us a month—and their Q.A. tallies are better.”

“I don’t want to hear this,” Johnny said, his suit lapels flaring as he leaned back, playfully covering his ears. “There are certain things lawyers shouldn’t know.”

“We can’t impose American standards on them,” Ben said. It was a mantra he’d repeated at many team meetings. “And even if we could, we don’t have the right. But we can demand the highest product standards. And we’re getting great results. These people are bright, smart, eager to work. They don’t know about unions; they’re just grateful to make a living and be able to buy a refrigerator, a TV, maybe even a computer.”

Ben’s confident voice commanded attention. There was a presence about him. Martin was the boss, but Ben was the brains and energy. Everyone knew it.

“China’s still our fastest growing market?” Martin asked.

“In another few years they’ll be our biggest customer—period,” Ben said. “Chinahas a skyrocketing economy with hundreds of millions of residences that’ll add computers and a dozen other electronic devices in the next ten years.Dayton’s assembling the network cards inMexico. They’ll ship direct from there to our joint-venture partnerships in- country and bypassChina’s trade restrictions. It brings the end product cost down and gets it into more hands. Getz benefits insideChina; then we score again when it’s shipped back here at a fraction of the cost, and we sell it through traditional distribution channels. Our competitors’ heads will be spinning. In the next few years they’ll be eating our dust.”

“They’ll never catch up,” Martin said, all teeth again.

“I wish I shared your confidence,” Travis said. “Seems to me we’re walking on a minefield. It’s a shaky economy. Human rights issues, overbuilding inShanghai. . . not to mentionBeijing’s ability to pull the plug on anyone for any reason.”

“It’s capitalists and communists scratching each other’s backs,” Ben said. “Sure, they’ve got problems. They know the state-owned enterprises are inefficient, banks are folding, and pollution’s terrible. There’s still a lot of trial and error, but they’re learning fast. I’ve been saying it since my first trip toBeijing—China’s our future, guys. It offers us the most cost-effective partnerships on the planet. And it’s a dream market come true.”

“Just make sure they keep needing us, Ben,” Martin said. “You too, Jeffrey. We don’t want them to get any ideas of doing it on their own.”

“Oh, they’ve got the ideas, alright,” Ben said. “They’re swimming inU.S.and Japanese technology, and they can imitate it like nobody else. Give them a decade, and they’ll be improving it. Eventually, they’ll be our strongest competitors. We’ll be racing to keep up. But meanwhile, we’ve got the edge.Russiacouldn’t handle free enterprise, but these people can. Their work ethic gets stronger every day, while ours gets weaker. Another six to eight years, and they’ll be puttingAmericato shame.”

Martin looked at Ben with undisguised admiration. “Ten years ago when you told us you could bring in millions of dollars if you studied Mandarin on company time, I thought you’d gone crazy. But it worked. Boy, did it work! They trust us—you and Jeffrey, especially. You speak their language, know their culture. That’s our edge.” Martin stood up. “And I want to shore up that edge. I’ve been chewing on an idea since that Fortune 500 CEO think tank I attended inChicagoa couple of months ago.”

Martin looked around the room the way he always did before announcing an idea he was particularly proud of. Several of the men, including Ben, braced themselves. Nobody ever quite knew what Martin would come up with next.

“I’d like to send Ben or Jeffrey to spend maybe six weeks living among and talking with typical Chinese citizens, the type that might work in our factories and eventually buy our products. Ben, what about that old roommate of yours from college? He lives inChina, right? A teacher, isn’t he?”

Ben nodded. Li Quan’s youthful face invaded his mind and infused it with bittersweet memories. It was just like Martin to spring this on him with every body watching. As it began to register, it didn’t seem a good idea at all. It had been twenty years since he . . .

“Getting inside the mind of the typical consumer would help our sales strategy and deepen our reservoir for those Chinese advertising cam paigns that marketing’s been talking about. And it would be great PR on both sides of the ocean. We’d be the company that sent a Mandarin- speaking VP to live with Chinese nationals to see what they’re like, to learn what they need. It’s the ‘we care about the common man’ angle. It would impress the Chinese, our board, stockholders—everybody. A big image-booster for Getz. The advertising potential is enormous. Ben or Jeffrey could end up in a prime-time commercial sitting next to some Chinese guy grinning at his computer!”

The other members of the management team looked at each other to see which way the wind would blow. Then they all stared at Ben. He hesitated. But when Martin felt this strongly about an idea, it nearly always happened. You might as well go with him and look brilliant and loyal. Everyone nodded.

“Anyway, more on that later,” Martin said. “Let’s hit the agenda. Our third-quarter profits are going to blow them away. When this hits Wall Street, things are going to fly. Hold on to your hats, boys. Your profit shares could increase ten percent overnight.”

An hour later Ben walked out of the conference room, glad-handing his associates and feeling the warm rush of competitive adrenaline. As he came out the door, he saw Doug Roberts standing by a photocopy machine. His stomach churned. He looked at his watch.

Conference call in six minutes. “Doug,” he called, “meeting’ll have to wait until Monday morning. My office, 7:30.”

“Sure. But what are we going to—”

“7:30Monday. My office. I’ve got a conference call.”

Ben strode past his secretary, Jen, and into his office. He shut the door behind him and flopped down on the plush visitors’ couch.

Until their lives took different turns, Doug had been not only family, but a close friend. Ben knew he couldn’t afford to think of him that way anymore. And if Doug still considered Ben a friend, well . . . he wouldn’t much longer.


Excerpt from Safely Home by Randy Alcorn, Chapter 1.

Randy Alcorn, founder of EPM

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of over fifty books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries