A Salvo En Casa, Capítulo treinta y ocho (Excerpt from Safely Home)

Tía Ming, Zhou Jin dice que puedo confiar en Ben Fielding. ¿Es cierto?

Ming asintió con la cabeza, aunque no tan rápido como Ben hubiera deseado.

Li Yue miró a Ben.

—¿Recuerda usted el seminario que mencioné?

—¿Nanjing?

—No, un tipo de seminario diferente, el que estoy ayudando a organizar. Mientras hablamos, están preparando ese seminario. Algunos han viajado por días para llegar aquí—le hizo una señal con la cabeza a Ben—. Usted irá conmigo.

—¿Para qué? ¿Necesita que lo lleve?

—No, caminaremos. No lejos. Pero nos enseñaron que después de asistir a la iglesia casera y mantenerse junto a la familia de Li Quan, Ben Fielding debe venir y ver por sí mismo lo que hay que aprender en nuestro seminario especial. Quizá encontrará respuestas a sus preguntas.

—¿Qué preguntas?

—Las preguntas que todos los hombres se hacen en lo profundo de su alma. Ha sido decidido. Usted nos acompañará.

El sobrino de Quan, aunque joven y delgado, era tan testaru- do como su tío.

—¿Cuándo?

—Mañana por la noche.

—¿Pero dónde se reúnen?

—No necesito decir. Es una escuela con los lugares y los tiempos de reunión siempre cambiando. Tío Li Quan ha asistido como estudiante y como maestro. Es lo más cerca que ha llegado a ser un profesor.

—¿De dónde viene la gente?

—De todas partes. Algunos caminan sesenta kilómetros. Otros viajan doscientos kilómetros en bicicleta. De algunos no sabremos hasta que lleguen. Habrá un maestro visitante mañana en la noche. Incluso cuando un hombre como ese ha predicado hasta quedar exhausto, los estudiantes, que son principalmente campesinos y obreros de fábricas, no están dispuestos a permitirle descansar. Lo animan para que continúe enseñando la Palabra de Dios.

—¿Quién es este maestro visitante?

—Él viene de Estados Unidos.

—No me diga. ¿Cuál es su nombre?

—No necesito decir. Lo averiguará mañana por la noche.


—Es parte de mi reeducación—dijo Quan, mientras Ben observaba las marcas en su rostro—. Pero no parece estar dando resultados. No soy su mejor estudiante.

—¿Pudieras quejarte un poco, para yo sentirme mejor sobre mí mismo?

—No está tan mal. Tengo dos pequeños compañeros de cuarto. Les nombré Yin y Yang.

—¿Qué?

—Son cucarachas —él se sonrió.

—¿Estás bien, Quan?

—No estoy perdiendo mi mente. En la cárcel un hombre aprende a apreciar las cosas pequeñas. Kongzi dice: “Todo tiene belleza, pero no todo el mundo la ve”. Cuando te privan de mucho, aprendes a ver la belleza en poco. Kongzi estaba equivocado en ciertas cosas, pero tenía razón en esto.

—¿Quién es Kongzi?

—¿No has oído hablar de Confucio?

—Desde luego. Me olvidé de su nombre chino. Quan sonrió.

—No problema.

—Yin y Yang, ¿no es así?

—No son los primeros compañeros de cuarto raros que Li Quan ha tenido.

—Muy simpático —Ben se relajó un poco—. ¿Cómo mantienes tu salud mental?

—Toco Beethoven, Mozart y Schubert. Una noche toqué la obra completa de El Mesías.

—¿Tienes acceso a un piano?

—No dije eso. Mi padre me enseñó que la mente es libre incluso cuando el cuerpo está encadenado. Así es como me sien- to en la clase de Biblia todos los días, con Zhu Yesu como mi maestro y Shengjing como mi libro de texto.

—¿Tienes una Biblia?

—Tengo una en mi corazón.

—¿Estás… solo?

—¿Por Ming y Shen y nuestra iglesia casera? Sí. ¿Y por mi amigo Ben Fielding? Sí, aunque le doy gracias a Dios por el milagro de tus visitas. Pero Yesu está conmigo. Y he conocido muchos hermanos de otras áreas. He lavado los pisos y los pies de quince prisioneros. He aprendido los nombres de hombres y se los dije a otros hombres. Pedí que me permitan limpiar el grupo de celdas arriba, para poder servir aun más. Estoy retrasado ahora en mi trabajo por… lo que me hicieron hace poco. Pero conocí a un médico arrestado por “alterar el orden social” porque le continuaba diciendo a sus pacientes del amor de Yesu. Y también a tres pastores.

—¿Tres?

—Todos ellos son líderes de iglesias caseras en esta provincia. Uno de los pastores ha bautizado a más de dos mil nuevos creyentes. Él trabaja en una zona donde las personas son tan pobres que tienen solo una muda de ropa cada una. Él bautiza solo en la estación cálida, o se congelarán. Dos hombres fueron descubiertos en una reunión de un seminario ilegal en una casa cueva.

—Hablando de eso… Li Yue me informó que asistiré a un seminario esta noche.

—¿Te invitaron? Eso es muy extraño.

—No lo llamaría una invitación. Más como una exigencia.

Quan se sonrió ampliamente, y Ben notó que le faltaba un diente y otro estaba doblado.

—El riesgo de ellos es mucho mayor que el tuyo. Es hora que te vayas de China de todos modos; no será tan malo si las autoridades te envían a casa. Pero a los cristianos chinos no nos patean hacia fuera. Nos patean hacia dentro. La mayoría de los hermanos atrapados en seminarios clandestinos han sido enviados a prisión, al menos por algunos meses. Uno ha estado aquí por seis años. Muchos han sido torturados. Ellos cuentan historias de mártires en sus áreas, historias que nunca se reportan en los periódicos.

—¿Cómo qué?

—Ha habido mutilaciones y crucifixiones. Otras cosas vergonzosas; en una ciudad se han comido la carne de cristianos.

—¡No puede ser! No puedo creer eso.

—Uno de los pastores insiste que es cierto. Cree lo que tú quieras, Ben Fielding. Pero esto yo sé: Mogui odia a los débiles, a los inocentes, y a todos los hijos de Dios. Atacándolos a ellos, toma su venganza en Yesu. ¿Piensas tú que es un poder humano lo que está detrás de la política de un solo niño, los abortos forzados, los decretos de esterilización y el encarcelamiento y tortura de creyentes? —Quan se estremeció y puso su mano en un lado de su rostro.

—¿Qué te han hecho a ti?

—Wang Mingdao es el padre del movimiento de iglesias caseras. Él dice: “Días de gran prueba están por venir. La misma agua que flota un bote lo puede también voltear”.

—Quan, dime lo que te hicieron.

—No es importante.

—Es importante para mí.

—Los hermanos no desean lástima sino oración. Y Biblias, que los sedientos puedan beber.

—Tú necesitas mucho más que oraciones y Biblias.

—No estoy seguro de eso.

—Tú necesitas salir de aquí.

—Decir sí a Yesu es decir sí al sufrimiento. Además, un hombre debe subir a las montañas para ver los valles.

—¿Qué más puedo hacer por ti, Quan?

—Pídele a mi Ming y Shen y Li Yue y Zhou Jin que oren por Dewei, Dingbang, Hop, Jun, y Ho en sus celdas. Ellos ahora todos son mis hermanos. ¿Y son los tuyos, Ben Fielding?

Ben fingió no escuchar la pregunta mientras sacaba su libreta y escribía los nombres.

—¿No es difícil para ti confiar en un Dios que hace a sus sier- vos sufrir?—preguntó.

—Zhu Yesu es un león feroz. Sus garras están afiladas. El hecho que el León se volvió un cordero inmolado no significa que él ha dejado de ser el León. Él no es un león domesticado, Ben. Sus caminos están por encima de los nuestros. Los dioses de nuestra imaginación nunca nos sorprenden. Yesu sí. Porque él es mucho más grande de lo que nos imaginamos; es por eso que él puede llenar el vacío en nuestros corazones que los dioses hechos por el hombre no pueden llenar.

—El león en tu mesa, ¿es un símbolo de Yesu?

—Estás descubriendo muchas cosas. Mi compañero de cuarto estadounidense no es tan tonto como parece. ¡Solo bromeando! El león es una figura común en China, así que el BSP no sabe que cuando vemos al león pensamos en él. La mano del león esta sobre una bola. Esa bola es la tierra. El mundo está en la garra del león. Ni siquiera el dragón puede quitársela.

—Pero si él es un león, ¿cómo sabes que no… te comerá? Quan pensó por un momento.

—Prefiero que él me coma que ser comido por cualquier otro.

Ben lo miró fijamente, sin estar seguro de qué decir.

—El sufrimiento nos recuerda que estamos en una guerra espiritual. Sabemos por quién estamos luchando. Sabemos quién es el enemigo. Aun en nuestras celdas oramos por los creyentes fuera de China, especialmente en Estados Unidos. En su afluencia y libertad quizá ustedes se olvidan que están en una guerra.

—Yo obtendré tu libertad.

—Alguien más ya lo ha hecho. El León.

—Estoy hablando de verdadera libertad.

—Yesu dijo: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.” Shengjing dice: “Si el Hijo los libera, serán ustedes verda- deramente libres.” Esa es la verdadera libertad. Un hombre está dentro de una prisión y es libre. Otro hombre está fuera de prisión y permanece en esclavitud. ¿No es esto cierto, Ben Fielding?


Su Gan abrió la celda para permitir que Quan entrara, después la cerró de nuevo detrás de él. Li Quan no vio a nadie pero sintió una presencia en la esquina más oscura, donde el hedor parecía peor.

En sus manos y sus rodillas, mojando una esponja grande en el cubo de agua con jabón, Quan se presentó al inquilino. Cuando comenzó a fregar el piso de cemento, el hombre se movió un poco más cerca, y un rayo de luz iluminó su rostro. Quan se estremeció, esperando que el hombre no lo hubiera notado. Él estaba pálido y torcido, encogido, casi irreconocible como un ser humano. Su rostro parecía como la máscara que el padre de Quan había usado después de muchos años en prisión.

—¿Cuánto tiempo ha estado usted aquí? —preguntó Quan.

El hombre no dijo nada, después se aclaró la garganta, como tratando de recordar cómo hablar.

—Yo… no sé.

—¿Ha estado solo?

—Por dos años estuve con otros, en celdas superiores. Pero des- pués caí en desgracia. Soy un disidente político —dijo con desaliento—. Un guardia me escuchó hablar contra el partido. Me torturó. Me puso aquí. Eso fue… ¿quizá hace tres años? No sé.

—¿Cómo se llama?

Él hizo una pausa como si tratara de recordar.

—Wan. Mi nombre es… Wan Hai.

—Yo soy Li Quan—él extendió su mano. El hombre retrocedió hacia la oscuridad. Quan dejó su mano extendida y Wan Hai se acercó poco a poco, después extendió lentamente lo que parecía ser un palo. Su brazo. Quan tomó con delicadeza la frágil mano encostrada.

—Es un honor para Li Quan conocer a Wan Tai. Cuando termine de limpiar su piso, él pide lavar los pies del honorable Wan Tai. Entonces Li Quan le contará historias, historias verdaderas, de un Rey que vino a lavar los pies de los hombres.


Extracto de A Salvo En Casa (fuera de la impression) por Randy Alcorn, capítulo treinta y ocho.



Safely Home, Chapter 39

Aunti  Ming, Zhou Jin says I can trust Ben Fielding. Is this true?” Ming nodded, though not as quickly as Ben would have liked.

Li Yue looked at Ben. “Do you remember the seminary I mentioned?” “Nanjing?”

“No, the different kind of seminary, the one I am helping set up. As we speak, that seminary is being prepared. Some have been traveling days to get here.” He nodded at Ben. “You will accompany me.”

“What for? Do you need a ride?”

“No, we will walk. Not far. But it has been shown to us that after attending house church and standing beside the family of Li Quan, Ben Fielding should come and see for himself what there is to learn in our special seminary. Perhaps you will find answers to your questions.”

“What questions?”

“The questions all men ask deep within their souls. It has been decided. You will join us.” Quan’s nephew, though young and slight, was as stubborn as his uncle.

“When?”

“Tomorrow night.”

“But where do you meet?”

“No need to say. It is a school with places and times of meeting always changing. Uncle Li Quan has attended both as student and teacher. It is the closest he has come to being a professor.”

“Where do the people come from?”

“Everywhere. Some are walking sixty kilometers, others riding bicycles two hundred kilometers. Some we will not know until they arrive. There will be a visiting teacher tomorrow night. Even when such a man has preached to exhaustion, the students, who are mostly farmers and factory laborers, are unwilling to let him rest. They urge him to continue teaching God’s Word.”

“Who is this visiting teacher?”

“He is from America.”

“No kidding? What’s his name?”

“No need to say. You will find out tomorrow night.”

“It is part of my reeducation,” Quan said, as Ben stared at the marks on his face. “But it seems not to be working. I am not their best student.” “Could you complain a little, so I can feel better about myself?”

“It is not so bad. I have two little roommates. I named them Yin and Yang.”

“What?”

“They are cockroaches.” He smiled.

“Are you alright, Quan?”

“I am not losing my mind. In jail a man learns to appreciate little things. Kongzi said, ‘Everything has beauty, but not every one sees it.’ When you are deprived of much, you learn to see beauty in little. Kongzi was wrong about some things, but right about this.”

“Who’s Kongzi?”

“You have not heard of Confucius?”

“Of course. I forgot his Chinese name.”

Quan smiled. “No problema.”

“Yin and Yang, huh?”

“They are not the first unusual roommates Li Quan has had.”

“Very funny.” Ben relaxed slightly. “How do you keep your sanity?”

“I play Beethoven, Mozart, and Schubert. One night I played the entire score of the Messiah.”

“You have access to a piano?”

“I did not say that. My father taught me the mind is free even when the body is chained. That is how I sit in Bible class every day, with Zhu Yesu as my teacher and Shengjing as my textbook.”

“You have a Bible?”

“I have one in my heart.”

“Are you . . . lonely?”

“For Ming and Shen and our house church? Yes. And for my friend, Ben Fielding? Yes, though I thank God for the miracle of your visits. But Yesu is with me. And I have met many brothers from other areas. I have washed the floors and feet of fifteen prisoners now. I have learned men’s names and told them to other men. I have asked if I may clean the upstairs cell block, that I may serve even more. I am behind in my work now because of . . . what they have done to me recently. But I have met a doctor arrested for ‘disturbing the social order’ because he kept telling his patients about the love of Yesu. And also three pastors.”

“Three?”

“All of them are house church leaders in this province. One of the pastors has baptized over two thousand new believers. He works in an area where people are so poor they have only one set of clothing apiece. He baptizes only in the warm season, or they will freeze. Two men were discovered at an illegal seminary meeting in a house cave.”

“Speaking of which . . . Li Yue has informed me I’ll be attending a seminary tonight.”

“They invited you? That is most unusual.”

“I wouldn’t call it an invitation. More of a demand.”

Quan smiled broadly, and Ben saw that one tooth was missing and another was bent. “Their risk is much greater than yours. It is time for you to leave China anyway—it will not be so bad if the authorities send you home. But Chinese Christians don’t get kicked out. We get kicked in. Most of the brothers caught in under ground seminary have been in prison at least a few months. One has been here six years. Many have been tortured. They tell stories of martyrs in their areas, stories never reported in newspapers.”

“Like what?”

“There have been mutilations and crucifixions. Other shameful things—in one city the flesh of Christians has been eaten.”

“No way! I can’t believe that.”

“One of the pastors insists it is true. Believe what you want, Ben Fielding. But this much I know—Mogui hates the weak, the innocent, and all God’s children. By striking out at them, he takes revenge on Yesu. Do you imagine it is a human power behind the one-child policy, enforced abortion, sterilization decrees, and the imprisonment and torture of believers?” Quan winced and put his hand to the side of his head.

“What have they done to you?”

“Wang Mingdao is the father of the house church movement. He said, ‘Days of great testing lie ahead. The same water that floats a boat may also overturn it.’”

“Quan, tell me what they did to you.”

“It is not important.”

“It’s important to me.”

“The brothers wish not pity but prayer. And Bibles, that the thirsty may be able to drink.”

“You need a lot more than prayer and Bibles.”

“I am not so sure.”

“You need to get out of here.”

“To say yes to Yesu is to say yes to suffering. Besides, a man must climb mountains to see lowlands.”

“What more can I do for you, Quan?”

“Ask my Ming and Shen and Li Yue and Zhou Jin to pray for Dewei, Dingbang, Hop, Jun, and Ho in their cells. They are all now my brothers. And are they yours, Ben Fielding?”

Ben pretended not to hear the question as he pulled out his pad and wrote down the names. “Isn’t it hard for you to trust a God who makes his servants suffer?” he asked.

“Zhu Yesu is a ferocious lion. His claws are sharp. The fact that the Lion became a sacrificial lamb does not mean he ceases to be the Lion. He is not a tame lion, Ben. His ways are above ours. The gods of our imagination never surprise us. Yesu does. For he is far greater than what we imagine—that is why he can fill the hole in our hearts that man-made gods cannot.”

“The lion on your table—is it a symbol of Yesu?”

“You are figuring out many things. My American roommate is not so dumb as he looks. Only kidding! The lion is a common Chinese figure, so the PSB does not know that when we look at the lion, we think of him. The lion’s hand is upon a ball. That ball is the earth. The world is in the Lion’s paw. Not even the dragon can take it from him.”

“But if he’s a lion, how do you know he won’t . . . eat you?”

Quan thought for a moment. “I would rather be eaten by him than be fed by anyone else.”

Ben stared at him, unsure what to say.

“Suffering reminds us we are in a spiritual war. We know who we are fighting for. We know who the enemy is. Even in our cells we pray for believers outside China, especially in America. In your affluence and freedom perhaps you forget you are at war.”

“I’ll get you your freedom.”

“Someone else has already done that. The Lion.”

“I’m talking about real freedom.”

“Yesu said, ‘You shall know the truth, and the truth will set you free.’

Shengjing says, ‘If the Son sets you free, you will be free indeed.’ That is real freedom. One man stands inside prison and is free. Another man stands outside prison and remains in bondage. Is this not true, Ben Fielding?”

Su Gan unlocked the cell to let Quan in, then locked it again behind him. Li Quan saw no one but sensed a presence in the darkest corner, from which the stench seemed worst.

On his hands and knees, dipping a large sponge into the bucket of soapy water, Quan introduced himself to the occupant. As he started scrubbing the cement floor, the man moved a little closer, and a beam of light shone on his face. Quan cringed, hoping the man didn’t notice. He was pale and twisted and shriveled, barely recognizable as a human being. His face looked like the mask Quan’s father had worn after many years in prison.

“How long have you been here?” Quan asked.

The man said nothing, then cleared his throat, as if trying to remember how to speak. “I . . . do not know.”

Quan realized he’d never once heard the man’s voice, not so much as a scream. He had no name for this man. He’d never prayed for him. “Have you been alone?”

“For two years was with others, in upper cell block. But fell out of favor. I am a political dissident,” he said wearily. “A guard heard me speak against Party. Tortured me. Put me here. That was . . . perhaps three years ago? I do not know.”

“What is your name?”

He paused as if trying to remember. “Wan. My name is . . . Wan Hai.”

“I am Li Quan.” He reached out his hand. The man recoiled into the darkness. Quan kept his hand out, and Wan Hai inched back, then slowly extended what appeared to be a stick. His arm. Quan delicately gripped the frail crusty hand.

“Li Quan is honored to meet Wan Hai. And when he is done cleaning his floor, he would request to wash the feet of honorable Wan Hai. Then Li Quan will tell him stories, true stories, about a King who came to wash the feet of men.”


Excerpt from Safely Home, by Randy Alcorn, Chapter 39.

Randy Alcorn, founder of EPM

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of over fifty books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries