La esperanza en un cielo que podemos imaginar (Looking Forward to the Heaven We Can Imagine)

By Randy Alcorn April 25, 2019

¿Qué diferencia se supone que debe hacer el cielo en nuestras vidas ahora? ¿Por qué crees que muchos cristianos ya no ponen su esperanza el cielo? ¿Cuáles son algunos de los mayores conceptos erróneos sobre el cielo?

Muchos cristianos, cuando se enfrentan a la muerte, a menudo sienten que se van de la fiesta antes de que se termine, que se están yendo a casa temprano. Se sienten decepcionados, y piensan en todas las personas y las cosas que extrañarán cuando se vayan.

Pero para los hijos de Dios, la verdadera fiesta apenas viene; piensa en el Padre que se alegra y celebra haciéndole una fiesta a su hijo pródigo que ha regresado a casa (Lucas 15). La celebración ya está en marcha en nuestro verdadero hogar, donde aún no hemos vivido, y ahí es precisamente donde la muerte nos llevará. Así como otros nos darán la bienvenida a la fiesta del cielo, un día le daremos nosotros la bienvenida a los que lleguen después.

Dios nos ordena en su Palabra que pongamos nuestras mentes en el cielo, donde está Cristo (Colosenses 3:1). Nuestro enfoque es en un lugar real donde vive el Cristo eternamente encarnado y resucitado. Se nos ordena a estar “esperando los nuevos cielos y la tierra nueva donde mora la justicia” (2 Pedro 3:13): el cosmos resucitado, nuestro futuro y hogar eterno.

Pablo dice: “Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada” (Romanos 8:18). Si no entendemos esta gloria futura que nos espera en el cielo, no veremos disminuir nuestros sufrimientos presentes en comparación con esa grandeza.

Lo que Dios ha hecho que deseemos es exactamente lo que le promete a aquellos que siguen a Jesucristo: una vida resucitada en un cuerpo resucitado, con el Cristo resucitado en una tierra resucitada. Nuestros deseos corresponden precisamente a los planes de Dios. No es que queremos algo y entonces nos imaginamos eso que queremos. Es lo contrario: queremos vidas humanas reales como personas encarnadas reales porque Dios nos ha cableado de esa manera, y siempre lo ha planeado así.

¿Será aburrido el cielo?

Probablemente pensaremos que el cielo es aburrido si lo consideramos como un estado incorpóreo. Pero el cielo supremo donde viviremos para siempre lo define la resurrección, y la resurrección es en cuerpo, por definición. Jesús habló de la venidera “renovación de todas las cosas” (Mateo 19:27-28). Pedro predicó sobre “el día de la restauración de todas las cosas, acerca de lo cual Dios habló por boca de Sus santos profetas desde tiempos antiguos” (Hechos 3:21). Para las personas resucitadas en un universo renovado, el aburrimiento es impensable.

Creer que el cielo será aburrido es una herejía: es creer que Dios es aburrido. No hay mayor tontería. Nuestro deseo de placer y nuestra experiencia de gozo vienen directamente de la mano de Dios. Él hizo nuestras papilas gustativas, la adrenalina y las terminaciones nerviosas que transmiten placer a nuestros cerebros. Del mismo modo, nuestra imaginación y nuestra capacidad de gozo fueron hechos por el Dios que algunos imaginan que es aburrido. ¿Somos tan arrogantes como para creer que a los seres humanos se les ocurrió la idea de divertirse?

“¿No será aburrido ser bueno todo el tiempo?”, dicen algunos. Esto supone que el pecado es emocionante y hacer lo que es justo es aburrido, y esta es una de las mentiras más estratégicas del diablo. El pecado no trae plenitud, nos la roba. Cuando hay belleza, cuando vemos a Dios como realmente es —una reserva infinita de fascinación—, el aburrimiento se vuelve imposible.

Dios nos delegará el gobierno de su creación, y reinaremos con Él sobre su nueva creación. Tendremos cosas qué hacer, lugares a dónde ir, gente para ver. Te garantizo que el cielo será una aventura emocionante porque Jesús es una persona emocionante, la fuente de todas las grandes aventuras, incluidas las que nos esperan en el nuevo universo.

¿Comeremos y beberemos en el cielo?

Las palabras que describen el comer y la comida aparecen más de mil veces en las Escrituras. La traducción al español de “banquete” ocurre 48 veces (187 en inglés) en la Biblia versión Reina-Valera 1960. Un banquete implica celebración y diversión; es un evento profundamente relacional. Las conversaciones, las historias, construir relaciones y reírse son cosas grandiosas que suceden durante la comida. Las fiestas, incluida la Pascua, eran reuniones espirituales que apuntaban a Dios, su grandeza y su redención.

La gente que se ama, ama comer juntos. Jesús le dijo a sus discípulos: “Y así como Mi Padre Me ha otorgado un reino, Yo les otorgo que coman y beban a Mi mesa en Mi reino; y se sentarán en tronos juzgando a las doce tribus de Israel” (Lucas 22:29-30). Él prometió: “Y les digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mateo 8:11). Las mejores comidas y bebidas, según Isaías 25:6, se prepararán para nosotros por Dios mismo.

Jesús sabía que sus palabras sonarían atractivas para todos los que las escuchaban. ¿Cómo puede ser que algunos piensen que es trivial o no espiritual anticipar estas cosas? ¿No crees que Él quiere que queramos comer a su mesa?

En mi libro El cielo acuñé el término cristoplatonismo. Este término se ve reflejado en un hombre cristiano de nuestra iglesia, quien me dijo después de predicar sobre la vida resucitada: “Esta idea de tener cuerpos y comer alimentos y estar en un lugar terrenal… simplemente no suena muy espiritual”. Si creemos que los cuerpos y la tierra y las cosas materiales no son espirituales, entonces inevitablemente rechazaremos la revelación bíblica sobre nuestra resurrección corporal, o las características físicas de la nueva tierra. Pero no es bíblica esa idea de que lo físico, inherentemente, no es espiritual. Como C. S. Lewis dijo sobre Dios: “A Él le gusta la materia. Él la inventó”.[1]

¿Cómo serán las relaciones en el cielo?

Las Escrituras nos dicen que todos viviremos con la misma persona (Jesús), en el mismo lugar (cielo), con el pueblo de Dios (la Iglesia). Pablo dice en 1 Tesalonicenses 4:18 que debemos “consolarnos unos a otros con estas palabras”, en referencia a nuestro estar juntos con el Señor para siempre. Así que claramente pasaremos la eternidad con nuestros seres queridos en Jesús.

Cristo dijo que no habrá matrimonio humano en el cielo (Mateo 22:30). Sin embargo, habrá matrimonio en el cielo, un matrimonio, entre Cristo y su esposa, y su pueblo formará parte de Él (Efesios 5:31-32). Nanci y yo no estaremos casados, sino que seremos parte del mismo matrimonio con Jesús.

Tengo razones para creer que en el cielo estaré más cerca que nunca de mi esposa, mis hijos y mis nietos. No será el final de nuestras relaciones, pero serán llevadas a un nuevo nivel. Nuestra fuente de consuelo no es solo que estemos con el Señor en el cielo, sino también que estaremos juntos.

¿Seremos capaces de pecar en el cielo?

Cristo promete esto de la nueva tierra: “Ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Apocalipsis 21:4). Ya que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23), la promesa de no más muerte es una promesa de no más pecado. Los que nunca mueren no pueden pecar, ya que los pecadores siempre mueren. El pecado causa luto, llanto y dolor. Si eso nunca volverá a ocurrir, entonces el pecado no puede suceder.

Tendremos verdadera libertad en el cielo, una libertad en justicia, una que nunca peca. Ya que Adán y Eva pecaron, a pesar de vivir en un lugar perfecto, al igual que Satanás, muchas personas se preguntan si algún día pecaremos en el cielo. La Biblia dice que Dios no puede pecar. Estaría en contra de su naturaleza. Una vez que estemos con Él, será contra nuestra naturaleza también. No tendremos deseos de pecar, así como Jesús no los tiene.

Jesús dijo: “Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad […]. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mateo 13:41, 43). ¿Qué será eliminado? Todo lo que causa pecado y todos los que hacen el mal.

El pecado no nos llamará la atención. El pecado, literalmente, será impensable. El recuerdo del mal y el sufrimiento en esta vida servirá como un recordatorio eterno de los horrores y el vacío del pecado. Pensaremos: “¿Pecado? Lo sentí, lo practiqué. ¡Viví lo feo y desastroso que era!”.

Paul Helm escribe: “La libertad del cielo, entonces, es ser libres del pecado; no es que el creyente simplemente esté libre de pecado, sino que está tan constituido o reconstituido que no puede pecar. El creyente no querrá pecar, y no no tendrá el deseo de querer pecar”.[2]

¿Cómo se puede usar la doctrina del cielo al compartir el evangelio con alguien?

El cielo es un excelente tema de evangelización cuando lo retratamos como lo hace la Biblia. A Satanás le interesan nuestros conceptos erróneos con respecto al cielo. Cuando lo describe como un lugar aburrido, monótono, y tedioso a donde nadie quiere ir, desaparece toda motivación para evangelizar.

¿Por qué querríamos que nuestros amigos pasen la eternidad en un lugar eternamente aburrido? ¿Y por qué querrían ellos ir allí? Nadie quiere ser un fantasma al morir. Una vida sin cuerpo es tan fea como intentar comer un pedazo de vidrio.

Por otro lado, cuando los cristianos entienden que el cielo es un lugar físico emocionante en un mundo redimido con personas redimidas en relaciones redimidas sin pecado y muerte, donde hay música, arte, ciencia, deportes, literatura y cultura, es una gran fuente de aliento y motivación. “Y vivieron felices para siempre” no es simplemente el final de un cuento de hadas. Es la promesa de Dios comprada con sangre para todos los que confían en el evangelio.

La nueva tierra es donde no habrá más dolor ni tristeza, donde Dios enjugará las lágrimas de todos allí (Apocalipsis 21:4). Esa es la promesa perfecta que debemos compartir con los incrédulos. No debemos avergonzarnos al decirles que la felicidad que anhelan, la reconciliación con el Dios de quien fluye la felicidad, se encuentra solo en Jesús. ¡Esto es lo que hace que el evangelio sea una “buena noticia de gran alegría”!

[1] C. S. Lewis, C.S. Lewis and His Circle (Oxford University Press, Nueva York, 2015), 57

[2] Paul Helm, The Last Things (Carlisle, PA: Banner of Truth, 1989), 92.

Photo by Jordan Wozniak on Unsplash


Looking Forward to a Heaven We Can Imagine

What difference is Heaven supposed to make in our lives now? Why do you think many Christians don't look forward to Heaven anymore? What are some of the biggest misconceptions about Heaven?

Christians faced with death often feel they’re leaving the party before it’s over, going home early. They’re disappointed, thinking of all the people and things they’ll miss when they leave.

But for God’s children the real party awaits—think of the Father making merry and celebrating with a feast for the prodigal son who’s come home (Luke 15). The celebration is already underway at our true home, where we’ve not yet lived—and that’s precisely where death will take us. As others will welcome us to Heaven’s party, so we’ll one day welcome those who arrive later.

God commands us in his Word to set our minds in Heaven where Christ is (Colossians 3:1). We focus on an actual place where the eternally incarnate, resurrected Christ lives. We’re commanded to be “looking forward to the new Heavens and New Earth where righteousness dwells” (2 Peter 3:13)—the resurrected cosmos, our future and eternal home.

Paul says, “I consider that the sufferings of this present time are not worth comparing with the glory that is to be revealed to us” (Romans 8:18). If we don’t understand this future glory of Heaven that awaits us, we won’t see our present sufferings shrink in comparison to its greatness.

What God made us to desire is exactly what he promises to those who follow Jesus Christ: a resurrected life in a resurrected body, with the resurrected Christ on a resurrected earth. Our desires correspond precisely to God’s plans. It’s not that we want something, so we engage in wishful thinking. It’s the opposite—we want real human lives as real embodied people because God has wired us that way, and has always planned for it. 

Will Heaven ever be boring?

We will be more likely to think of Heaven as boring if we think of it as a disembodied state. But the ultimate Heaven where we’ll live forever is defined by resurrection, and resurrection is by definition embodied. Jesus spoke of the coming “renewal of all things” (Matthew 19:27-28). Peter preached of “the time for restoring all the things about which God spoke by the mouth of his holy prophets” (Acts 3:21). For resurrected people in a renewed universe, boredom will be unthinkable.

Our belief that Heaven will be boring betrays a heresy—that God himself is boring. There’s no greater nonsense. Our desire for pleasure and the experience of joy come directly from God’s hand. He made our taste buds, adrenaline, and the nerve endings that convey pleasure to our brains. Likewise, our imaginations and capacity for joy were made by the God whom some imagine is boring. Are we so arrogant as to imagine that human beings came up with the idea of having fun?

“Won’t it be boring to be good all the time?” This assumes sin is exciting and righteousness is boring, which is one of the Devil’s most strategic lies. Sin doesn’t bring fulfillment, it robs us of it. When there’s beauty, when we see God as he truly is—an endless reservoir of fascination—boredom becomes impossible.

God delegates rule of his creation to us, and we’ll reign with him over his new creation. We’ll have things to do, places to go, people to see. Heaven is guaranteed to be a thrilling adventure because Jesus is a thrilling person—the source of all great adventures, including those awaiting us in the new universe.

Will we eat and drink in Heaven?

Words describing eating, meals, and food appear more than a thousand times in Scripture, with the English translation “feast” occurring 187 times. Feasting involves celebration and fun; it’s profoundly relational. Great conversation, storytelling, relationship-building, and laughter happen during mealtimes. Feasts, including Passover, were spiritual gatherings that drew attention to God, his greatness, and his redemption.

People who love each other love eating together. Jesus said to his disciples, “I confer on you a kingdom, just as my Father conferred one on me, so that you may eat and drink at my table in my kingdom” (Luke 22:29-30). He promised, “Many will come from the east and the west, and will take their places at the feast with Abraham, Isaac, and Jacob in the kingdom of Heaven” (Matthew 8:11). The finest foods and drinks, according to Isaiah 25:6, will be prepared for us by God himself.

Jesus knew his words would be attractive to all who heard them. How can it be trivial or unspiritual to anticipate such things? Don’t you think he wants us to look forward to eating at his table?

In my book Heaven I coined the term Christoplatonism. It’s reflected by a Christian man in our church, who told me after I preached on the resurrected life, “This idea of having bodies and eating food and being in an earthly place . . . it just sounds so unspiritual.” If we believe that bodies and the earth and material things are unspiritual, then we’ll inevitably reject biblical revelation about our bodily resurrection or the physical characteristics of the New Earth. But the idea that physicality is inherently unspiritual is not biblical. As C. S. Lewis said of God, “He likes matter. He invented it.”[1]

What will relationships in Heaven be like?

Scripture tells us we will all be living with the same person (Jesus), in the same place (Heaven), with God’s people (the church). Paul says in 1 Thessalonians 4:18 that we are to “comfort one another with these words,” in reference to our being together with the Lord forever. So clearly we will be spending eternity with our loved ones in Jesus.

Christ said that there won’t be human marriage in Heaven (Matthew 22:30).Yet there will be marriage in Heaven, one marriage, between Christ and his bride—and his people will all be part of it (Ephesians 5:31-32). Nanci and I won’t be married to each other but will be part of the same marriage to Jesus.

I have every reason to believe that in Heaven, I will be closer to my wife and kids and grandkids than ever. It won’t be the end of our relationships, but they’ll be taken to a new level. Our source of comfort isn’t only that we’ll be with the Lord in Heaven but also that we’ll be with each other.

Will we be capable of sinning in Heaven?

Christ promises on the New Earth, “There will be no more death or mourning or crying or pain, for the old order of things has passed away” (Revelation 21:4). Since “the wages of sin is death” (Romans 6:23), the promise of no more death is a promise of no more sin. Those who will never die can never sin, since sinners always die. Sin causes mourning, crying, and pain. If those will never occur again, then sin can’t.

We’ll have true freedom in Heaven, a righteous freedom that never sins. Since Adam and Eve sinned, despite living in a perfect place, as did Satan, many people wonder if we’ll sin someday in Heaven. The Bible says that God cannot sin. It would be against his nature. Once we’re with him, it’ll be against our nature too. We won’t want to sin any more than Jesus does.

Jesus said, “The Son of Man will send out his angels, and they will weed out of his kingdom everything that causes sin and all who do evil. . . . Then the righteous will shine like the sun in the kingdom of their Father” (Matthew 13:41-43). What will be weeded out? Everything that causes sin and all who do evil.

Sin will have absolutely no appeal to us. It will be literally unthinkable. The memory of evil and suffering in this life will serve as an eternal reminder of sin’s horrors and emptiness. Sin? Been there, done that; seen how ugly and disastrous it was!

Paul Helm writes, “The freedom of Heaven, then, is the freedom from sin; not that the believer just happens to be free from sin, but that he is so constituted or reconstituted that he cannot sin. He doesn’t want to sin, and he does not want to want to sin.”[2]

How might you use the doctrine of Heaven when sharing the gospel with someone?

Heaven is a terrific evangelistic subject when we portray it as the Bible does. Satan has vested interests in our misconceptions regarding Heaven. When he depicts it as a dull, drab, tedious, boring place where nobody would want to go, all motivation for evangelism is removed.

Why would we want our friends to spend eternity in an eternally dull place? And why would they want to go there? Nobody wants to be a ghost when he dies—people will no sooner develop a taste for a disembodied life than for broken glass.

On the other hand, when Christians understand Heaven is an exciting physical place on a redeemed world with redeemed people in redeemed relationships without sin and death, where there is music, art, science, sports, literature, and culture, it’s a great source of encouragement and motivation. “They all lived happily ever after” is not merely a fairy tale. It’s the blood-bought promise of God for all who trust in the gospel.

The New Earth is where there’ll be no more pain and sorrow and God will wipe away the tears from every eye (Revelation 21:4). That’s the perfect promise to share with unbelievers.  We should unapologetically tell them that the happiness they long for, the reconciliation to the God from whom happiness flows, is found in Jesus alone—this is what makes the gospel “good news of great joy”!


[1] C. S. Lewis, C. S. Lewis and His Circle (Oxford University Press, New York, 2015), 57.

[2] Paul Helm, The Last Things (Carlisle, PA: Banner of Truth, 1989), 92.

 

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Randy Alcorn, founder of EPM

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of fifty-some books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries