Respira la felicidad del cielo (Breathe in the Happiness of Heaven)

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Crecí en un hogar no creyente y no fue hasta mi adolescencia que escuché acerca de Cristo por primera vez. Al principio, las historias bíblicas me parecían tan poco reales como las de la mitología griega y las historietas que tanto disfrutaba. Entonces leí los Evangelios y llegué a creer que Jesús era real. A partir de ese momento, los superhéroes se convirtieron en un simple reflejo de él. Cuando Jesús me rescató, experimenté una felicidad profunda que nunca antes había sentido y que desde entonces no se ha apartado de mí. La alegría que llenaba mi corazón era el resultado de haber nacido de nuevo, de haber recibido el perdón y de contar con la presencia del Espíritu Santo en mi vida. «Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, cuyos pecados son cubiertos» (Salmos 32:1, NVI).

La «alegría de tu salvación» (Salmos 51:12) contrastaba profundamente con el vacío que había sentido antes de escuchar las «buenas noticias» (Isaías 52:7), que también reciben el nombre de las «buenas noticias que serán motivo de mucha alegría» (Lucas 2:10).

Nunca consideré como sacrificios las cosas a las que renuncié por seguir a Cristo, principalmente porque nunca me habían hecho feliz. Jesús pasó a serlo todo para mí. No trataba de ser feliz; simplemente lo era.

Tristes, pero siempre alegres

No todos los que vienen a Cristo experimentan un aumento tan drástico en su felicidad. A muchos sí les ocurre, pero, incluso para ellos, esa felicidad puede disminuir de manera gradual con el paso del tiempo.

Hasta que Cristo transforme este mundo, nuestra felicidad en él estará acompañada de momentos de tristeza. Sin embargo, es posible experimentar un gozo perdurable incluso en medio del sufrimiento. Los cristianos son tenidos por «aparentemente tristes, pero siempre alegres» (2 Corintios 6:10).

Hace unos años, un amigo muy querido se quitó la vida, y lloré como no lo había hecho en muchos años. En un momento, Nanci y yo estábamos abrazados junto a la viuda, sollozando. De pronto, sin explicación alguna, irrumpieron guitarras y baterías, mientras alguien cantaba Twist and Shout. Sorprendidos y boquiabiertos, los tres comenzamos a reírnos sin control ante aquella situación desconcertante.

Ese momento fue un regalo: la risa hizo más ligero el peso que cargaba nuestro corazón afligido. Durante los tres días siguientes, hubo más instantes como ese, desde el temido momento junto a la tumba hasta la ceremonia conmemorativa llena de esperanza. El rostro sombrío de la muerte no prevaleció, ya que la familia adoraba a un Dios soberano, amoroso y bendito, que nos concedió pequeñas y grandes alegrías en medio de un dolor desgarrador. Jesús dijo: «Dichosos ustedes que ahora lloran, porque luego habrán de reír» (Lucas 6:21). La risa que se nos promete en el cielo a veces irrumpe en el presente como un adelanto de la felicidad eterna que nos espera.

El pensamiento positivo y el gozo verdadero

Experimentar diariamente la felicidad en Cristo no se logra con pensamientos ilusorios. Se basa en hechos concretos: Dios aseguró nuestra felicidad eterna mediante la cruz y la resurrección. Él habita en nosotros e intercede por nosotros. Nada puede separarnos de su amor. Y nos dice: «No temas, tierra, sino alégrate y regocíjate, porque el Señor ha hecho grandes cosas» (Joel 2:21).

Algunos sostienen la idea de que podemos ser felices ignorando lo negativo (como el pecado, el sufrimiento y el infierno) mediante el pensamiento positivo. No estoy de acuerdo con eso. Tampoco comparto la idea del evangelio de la prosperidad, que presenta a Dios como un genio dispuesto a conceder nuestros deseos y que promete la felicidad a través de la salud, la riqueza y el éxito.

Debemos agradecer a Dios cuando nos bendice con salud, provisión y sorpresas maravillosas. Pero una cosa es sentirnos felices cuando estas cosas suceden y otra muy distinta es creer que Dios nos ha fallado cuando no las recibimos.

Nuestros modelos a seguir no deberían ser predicadores de la prosperidad repletos de joyas, sino siervos que tienen a Cristo en el centro de sus vidas. Siervos como la misionera Amy Carmichael (1867-1951), quien compartió el evangelio con innumerables niños a quienes rescató de la prostitución en los templos de la India. Ella sufrió mucho físicamente y nunca se tomó un descanso durante sus cincuenta y cinco años de servicio. Sin embargo, escribió: «No hay nada sombrío ni incierto [en la vida]. El propósito es vivir con un gozo continuo […]. Fuimos llamados a disfrutar de una felicidad firme que encontramos en el Señor, cuyo gozo es nuestra fortaleza» (Frank Houghton, Amy Carmichael).

Existe la felicidad egoísta y superficial, así como existen el amor y la paz egoístas y superficiales. Pero aún usamos esas palabras, a pesar de que el mundo nos vende imitaciones baratas. ¡No nos atrevamos a menospreciar la felicidad que encontramos en Cristo solo porque existe una felicidad que se enfoca en nosotros mismos!

Un gozo mayor que las circunstancias

La búsqueda de la felicidad se remonta al Edén. La sed de felicidad permanece en la actualidad. Nuestra cultura se caracteriza por un aumento en los casos de depresión y ansiedad, especialmente en los jóvenes. Diversos estudios revelan que las redes sociales dejan a más personas sintiéndose mal que bien; las fotografías de otras personas disfrutando de buenos momentos pueden hacernos sentir excluidos e inferiores.

Las investigaciones señalan que existe «poca relación entre las circunstancias que viven las personas y el grado de felicidad que experimentan» (Happiness Is a Serious Problem [La felicidad es un problema grave], 115). Sin embargo, cuando alguien les pregunta: «¿Por qué no eres feliz?», se enfocan en las circunstancias. En nuestro mundo caído, los problemas nunca faltan. Las personas felices miran más allá de las circunstancias difíciles y se enfocan en Aquel cuya gracia trae luz a la oscuridad y una sonrisa a nuestro rostro en los momentos más inesperados.

Muchos cristianos se sienten tristes, enojados, ansiosos o solos, y piensan que estos sentimientos son inevitables debido a sus circunstancias. Dejan que los embotellamientos, los problemas con el wifi o el aumento del precio de la gasolina les roben el gozo. Pasan por alto las razones para ser felices que encontramos en casi todas las páginas de las Escrituras.

En el cielo respiraremos felicidad

A.W. Tozer escribió: «¡El pueblo de Dios debería ser el más feliz de todo el mundo! La gente debería acercarse continuamente a nosotros y preguntarnos cuál es la fuente de nuestro gozo y deleite» (Who Put Jesus on the Cross? [¿Quién puso a Jesús en la cruz?]).

La «felicidad firme» de la que hablaba Amy Carmichael es posible a pesar de las dificultades de la vida. Esta felicidad, abundante y duradera, nos pertenece hoy porque Cristo está aquí; nos pertenecerá mañana porque Cristo estará allí; y nos pertenecerá para siempre porque él nunca nos abandonará.

Aún no ha llegado el día en que Dios «enjugará toda lágrima de los ojos» (Apocalipsis 21:4). Pero llegará. La promesa que Cristo compró con su sangre tiene implicaciones sorprendentes para la felicidad que experimentamos hoy. Jesús hizo esta afirmación impactante: «Dichosos los que sufren, porque serán consolados» (Mateo 5:4). La felicidad que experimentamos hoy surge de la promesa del consuelo futuro. La perspectiva eterna de los hijos de Dios les revela la verdadera y suprema felicidad que pueden esperar desde ahora (véase Salmos 16:11; 21:6; 36:7-10; 37:16; 43:4; 73:28; Juan 10:10).

¿Por qué no disfrutar hoy del gozo de la eternidad? ¿Acaso no disfrutamos hoy de la felicidad que nos produce esperar una graduación, una boda, una visita, una reunión o unas vacaciones? ¿No deberíamos entonces disfrutar plenamente de la espera del día en que el Señor devorará la muerte para siempre (Isaías 25:8), acabará por siempre con la maldición (Apocalipsis 22:3) y nos unirá a nuestro Salvador y familia eterna?

Invoquemos su gracia y disfrutemos hoy de la felicidad del Maestro al contemplar y compartir su promesa de que veremos su rostro en un mundo nuevo y asombroso, en el que el gozo será el aire mismo que respiraremos.

 

Breathe in the Happiness of Heaven

I grew up in an unbelieving home, and first heard about Christ as a teenager. Initially, Bible stories seemed no more true than the Greek mythology and comics I loved. Then I read the Gospels, and believed that Jesus was real, and then superheroes became mere shadows of Him. When Jesus rescued me, I experienced a profound happiness I’d never known, and have never gotten over. My heartfelt gladness was the result of being born again, forgiven, and indwelt by God’s Spirit. “Happy are those whose transgression is forgiven, whose sin is covered” (Psalm 32:1, NRSV).

This “joy of your salvation” (Psalm 51:12) contrasted starkly with the emptiness I’d felt before hearing the “good news of happiness” (Isaiah 52:7), also called the “good news of great joy” (Luke 2:10).

I never considered what I gave up to follow Christ as sacrifices — mainly because they hadn’t brought me happiness. Jesus now meant everything to me. I wasn’t trying to be happy; I simply was happy.

Sorrowful, Yet Always Rejoicing

Not everyone who comes to Christ experiences such a dramatic increase in happiness. Plenty do, but even many of those see their happiness gradually fade over time.

Until Christ cures this world, our happiness in Christ will be punctuated by sorrow. Yet somehow an abiding joy is possible even in suffering. Christians are “sorrowful, yet always rejoicing” (2 Corinthians 6:10).

A few years ago a dear friend took his life and I wept more than I have in years. One moment, Nanci and I were huddled close and sobbing with his widow. Then inexplicably guitar and drums exploded while someone sang “Twist and Shout.” Shocked and wide-eyed, the three of us started laughing uncontrollably at the startling incongruity.

That moment was a gift, laughter lifting our heavy hearts. More such moments came over the next three days that included the dreaded graveside and hope-filled memorial service. Death’s grim face did not prevail, as the family worshiped a sovereign, loving, happy God who gave us joys both small and great in the midst of heartbreaking sorrow. Jesus said, “How happy are you who weep now, for you are going to laugh!” (Luke 6:21, Phillips). The laughter promised us in Heaven sometimes erupts in the present, a welcome foretaste of the unending happiness awaiting us.

Positive Thinking and Pure Joy

Experiencing daily happiness in Christ isn’t wishful thinking. It’s based on solid facts: God secured our eternal happiness through the cross and resurrection. He dwells within us, and He intercedes for us. Nothing separates us from His love. And He tells us “Be happy and full of joy, because the Lord has done a wonderful thing” (Joel 2:21, NCV).

“Positive thinking” says we can be happy by ignoring the negative (such as sin, suffering, and hell). I don’t believe that. Nor do I embrace the God-as-genie, name-it-and-claim-it prosperity gospel, which promises happiness through health, wealth, and success.

We should be grateful when God grants us health, provisions, and delightful surprises. But it’s one thing to be happy when such things occur, and another to believe God has failed us when they don’t.

Our models shouldn’t be jewelry-laden prosperity preachers, but Jesus-centered servants. Servants such as missionary Amy Carmichael (1867–1951), who brought the gospel to countless children she rescued from temple prostitution in India. She experienced much physical suffering and didn’t have a furlough in fifty-five years. Yet she wrote, “There is nothing dreary and doubtful about [life]. It is meant to be continually joyful. . . . We are called to a settled happiness in the Lord whose joy is our strength” (Frank Houghton, Amy Carmichael).

There’s selfish and superficial happiness, just like there’s selfish and superficial love and peace. But we still use those words, even though the world sells cheap imitations. We dare not belittle Christ-focused happiness just because there is self-centered happiness!

A Joy Bigger Than Circumstances

The quest to be happy is as ancient as Eden. People’s thirst for happiness remains. Our culture is characterized by increasing depression and anxiety, particularly among youth. Studies show more people feel bad than good after using social media; photos of others having good times leave observers feeling left out and inferior.

Research indicates there’s “little correlation between the circumstances of people’s lives and how happy they are” (Happiness Is a Serious Problem, 115). Yet when people are asked “Why aren’t you happy?” they focus on circumstances. In our fallen world, troubles are constant. Happy people look beyond their difficult circumstances to Someone whose grace brings light to the darkness and smiles to our faces in the most unlikely moments.

Many Christians live in sadness, anger, anxiety, or loneliness, thinking these feelings are inevitable given their circumstances. They lose joy over traffic jams, wifi issues, or rising gas prices. They miss the reasons for happiness expressed on nearly every page of Scripture.

We Will Breathe Happiness in Heaven

A.W. Tozer wrote, “The people of God ought to be the happiest people in all the wide world! People should be coming to us constantly and asking the source of our joy and delight” (Who Put Jesus on the Cross?).

Amy Carmichael’s “settled happiness” is possible despite life’s difficulties. Rich and durable, this happiness is ours today, because Christ is here; it’s ours tomorrow because Christ will be there; and it’s ours forever, because He’ll never leave us.

The day hasn’t yet come when God will “wipe away every tear from their eyes” (Revelation 21:4). But it will. Christ’s blood-bought promise has breathtaking implications for our present happiness. Jesus made this startling statement: “Happy are those who mourn; [for] God will comfort them!” (Matthew 5:4, GNT). Present happiness is derived from the promise of future comfort. The eternal perspective of God’s children informs them of a true and ultimate happiness they can anticipate now (see Psalm 16:11; 21:6; 36:7–10; 37:16; 43:4; 73:28; John 10:10).

Why not frontload eternity’s joys into the present? Don’t we find current happiness in anticipating an upcoming graduation, wedding, visit, reunion, or vacation? So shouldn’t we find even greater pleasure in anticipating the day when God will swallow up death forever (Isaiah 25:8), permanently reverse the curse (Revelation 22:3), and unite us with our Savior and eternal family?

Calling upon His grace, let’s enter into our Master’s happiness today by contemplating and sharing His promise that we’ll behold His face in a new and captivating world, where joy will be the air we breathe.

Randy Alcorn (@randyalcorn) is the author of over sixty books and the founder and director of Eternal Perspective Ministries.